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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 09 de febrero de 2022

Poder y miedo, por qué van unidos

El miedo y el poder autoritario son hermanos gemelos. Han estado unidos a lo largo de la historia. Caballos, armas mortales, escudos, esclavitud, impuestos, perros, hornos, hiroshimas, ¿qué son sino instrumentos del poder y muecas para sembrar el miedo?

Aunque son gemelos, nacidos al mismo tiempo, no se parecen ni guardan la misma naturaleza. Al contrario. El miedo es la privación del poder personal de multitudes. Y el poder es el acaparamiento del dominio general, en un individuo o una casta.

Hay una paradoja: los poderosos viven muertos de miedo. Miedo a perder el poder, a la sublevación de las masas, a la traición de sus secuaces, al puñal de los generales a su mando. Deben vivir entre barrotes, entrenar inteligencia y contrainteligencia.

Se hicieron al poder gracias al miedo, pero el miedo resulta superior a ellos. Los acogota hasta la muerte, que casi siempre es trágica. Forjan los imperios, llevan a millones de súbditos a la muerte, caen los imperios, mueren ellos.

Séneca, filósofo estoico y senador romano, encaró a Nerón, de quien había sido tutor. Al perder su influencia sobre el emperador, optó por abrir sus venas. Antes, le dirigió esta sentencia: “tu poder radica en mi miedo; ya no tengo miedo, tú ya no tienes poder”. Fue amo de su muerte, dejó de ser súbdito de su amo.

Dos mil años más tarde, el primer escritor árabe merecedor del Nobel de Literatura, en 1988, desentrañó sin proponérselo la incongruencia encerrada en la vida y muerte de Séneca, el más célebre y malogrado hispano elevado a las glorias del imperio romano. “El miedo no evita la muerte”, escribió el egipcio Naguib Mahfuz. “El miedo evita la vida”.

En efecto, las multitudes se fruncen de miedo por salvaguardar la vida. Vano intento. No es sino mirar a los seis millones de víctimas del holocausto nazi, que se quedaron con el miedo y la muerte a la vez. Sucedió que ese miedo les evitó la vida.

Claro, no se trata de condenar a estas víctimas por no haberse insurreccionado. Desde el primer momento de su tribulación, el enemigo tomó fuerzas descomunales. Se trata, más bien, de destrabar el misterio que ata poder y miedo. Y de controlar en sus inicios las iniquidades a que están dispuestos los poderíos, valiéndose del pavor de las multitudes como fusta para colmar sus ambiciones 

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