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David E. Santos Gómez
Columnista

David E. Santos Gómez

Publicado el 27 de abril de 2022

Dilemas europeos

Europa camina con miedo y vergüenza. Su diplomacia se muestra insuficiente en estas épocas de conflicto y sus pobladores mantienen la respiración mientras viven las consecuencias de los bombardeos en el este. La fragilidad continental, expuesta tras la oficialización del Brexit, se acrecentó en los últimos meses por la invasión rusa a Ucrania y las enormes dificultades de los líderes nacionales para construir un discurso unificado respecto a los violentos avances de Vladímir Putin.

En este azaroso 2022 la opinión europea se ha visto frecuentemente atrapada entre la retórica de Washington y la de Moscú, y su peso parece disminuido por las peleas internas de cada país. Mientras la Unión tambalea, cada nación lucha contra una larga lista de inconvenientes, entre los que se resaltan la lenta recuperación económica tras la pandemia, el desempleo acelerado, los nacionalismos exacerbados y el crecimiento de la extrema derecha. Como si lo anterior fuera poco, los dos pilares del europeísmo atraviesan sus propios temblores: Francia, fragmentada tras la campaña electoral por la reelección que finalmente obtuvo Emmanuel Macron, y Alemania, acomodándose a la modificación del eje de poder tras el ascenso del flamante canciller Olaf Scholz.

La grieta evidente en el continente es combustible para el discurso del Kremlin. Los avances militares de Putin, milimétricamente estudiados, cuentan con la enorme ventaja de un vecindario confundido, que solo parece entenderse cuando se habla del envío de armas, pero que es incapaz, a esta altura de la guerra, de acordar sanciones económicas más drásticas y distribuir equitativamente el enorme peso social de estas.

Europa se angustia ante la posibilidad de un escalamiento del conflicto. Está convencida de que la entrada de la Otan degeneraría en una catástrofe impensada, incluso de alcance nuclear, pero al mismo tiempo ha llegado a un límite de lo que el bloque es capaz de soportar económicamente para detener a Rusia. El gas que distribuye Moscú a sus vecinos occidentales —y que desde hace décadas condiciona la relación entre las partes— constituye el motivo principal de la valentía de los primeros y el temor de los segundos. Putin sabe que, con ese comodín siempre en su mano, es aún mucho lo que puede estirar la cuerda.

Así, con el mapa delineado de fortalezas y debilidades políticas, arranca el tercer mes de la invasión y Moscú acelera. Los ucranianos —del presidente Zelenski para abajo— tienen claro desde el momento en el que se disparó la primera bala, el pasado 24 de febrero, que su territorio es el escenario más brutal de la realpolitik y que por más desgracias y violaciones a los derechos humanos que se anuncien y se comprueben, su guerra la manejan intereses que los superan. Para su mayor desgracia, del otro, la Europa en la que confiaban es hoy un manojo de naciones mareadas que tardará un largo tiempo en reconstruir su voz 

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