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Publicado el 29 de noviembre de 2019

Por qué el mundo está en llamas

Por Jorge Galindo
@jorgegalindo

El titular de esta columna se responde a sí mismo. Chile, Hong Kong, Puerto Rico, Líbano, Colombia... Es tentador poner en paralelo protestas con raíces y contextos distintos pero etiquetas similares (“corrupción”, “desigualdad”, “democracia”). Los medios obtienen de ello una historia espectacular y llamativa aunque esté forzada. Pero si este tipo de titulares es efectivo es porque la audiencia compra con gusto la idea que venden: para asustarse, o para decir “nosotros también podemos”.

Los motivos que nos sacan a protestar tienen normalmente dos orígenes complementarios. A las razones concretas de movilización política se le suma la aspiración a participar de un hecho colectivo. No nos equivoquemos: un selfie en una manifestación en las calles de Santiago de Chile o de Beirut no es un acto de frivolidad, sino una manera de sentirse parte de algo. Sin esa aspiración comunitaria no hay contagio en la movilización.

El politólogo Mancur Olson ya enunció en su día esta ley básica: para que una protesta tenga éxito de convocatoria debe ser visible para todos los otros que van a participar en ella. Es más factible cumplir con esta condición en un contexto de máxima conectividad, guerras de titulares como el que ocupa esta página, y falta de legitimidad de las instituciones tradicionales. Pero antes, cuando las barreras para ponerse en marcha eran mayores, quienes lo conseguían tendían a conservar las plataformas movilizadas como un tesoro. Ahora, la misma facilidad de convocatoria inicial encierra el riesgo de minusvalorar la necesidad de permanencia.

Las nuevas formas de movilización tratan de cerrar esta brecha entre el nostálgico “yo estuve allí” y el imperecedero “estamos aquí”. La receta básica no ha cambiado: escoger objetivos que mantengan un equilibrio básico entre especificidad e identificación de demandas sociales, de manera que se construya en torno a ellos un grupo lo suficientemente nutrido y cohesionado. Lo que no acaba de quedar claro es cómo hacerlo cuando uno puede conectarse con mucha más facilidad y velocidad a una comunidad identitaria sin necesidad de pasar por los costes de la movilización de largo aliento. Porque el mismo catalizador inmediato de la protesta puede terminar por sustituirla hasta volverla inocua en el largo plazo. No vaya a ser que lo que está en llamas no es el mundo, no son las calles, sino simplemente nuestro timeline.

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