Es inconcebible que en una ciudad con cinco metrocables, que nos hace sentir tan orgullosos de ostentar el liderazgo mundial en innovación, las personas inteligentes que están al mando cometan disparates y nos sometan a los ciudadanos al encierro y la restricción de la libertad de movimiento, como si en el mundo ya no hubiera métodos e instrumentos tecnológicos avanzados para aplicar soluciones útiles y prácticas.
Está muy bien que entre todos tomemos conciencia del grave problema de la contaminación del aire y participemos en la aplicación de medidas preventivas si se quiere elementales. Pero nada perderían los responsables de los estudios y decisiones si analizaran la posibilidad de instalar filtros para la reducción de gases y árboles artificiales que absorben grandes cantidades de CO2 como los que inventaron hace varios años en Alemania. Así evitarían la imposición de un régimen constrictivo que nos reprime a los ciudadanos y nos hace sentir una pérdida progresiva de la libertad para usar el tiempo y el espacio urbanos.
La película El niño que domó el viento, que narra la proeza del adolescente William Kamkwamba, quien ingenió un molino rudimentario para generar energía y revivir con el agua los cultivos de su comunidad rural en Malawi, muestra el subdesarrollo abismal de un país casi primitivo, controlado por un gobierno inepto e indolente, que ya entrado este siglo dejó llegar una hambruna fatal, cuando habría bastado la solución razonable y pragmática realizada contra los imposibles por un simple muchacho.
Cuántos errores van cometiéndose día tras día en las actuaciones oficiales y privadas. Cuántos casos, incluso comparables al de la película, pueden contarse para indicar cómo se procede por encima de los ciudadanos y del bien común, sin medir daños, riesgos y costos de cada fracaso previsible, evitable.
Un ejemplo sencillo y elocuente: Los tacos que están formándose en los cruces por la avenida 80 de las canalizaciones de La Picacha, en los contornos de Belén, La nueva villa y Los molinos. El caos se creó cuando a no se sabe qué genio se le metió que era más importante el ornato que el tránsito fluido, para reducir las vías con corredores verdes y ciclorrutas que se ven muy bonitos pero el vecindario utiliza muy poco. ¿Si la administración sigue empeñada en el Tranvía de la 80, qué lógica puede tener que esté cerrando las futuras vías alternas?
En una conferencia reciente, el filósofo Daniel Innerarity preguntaba por qué personas inteligentes toman decisiones estúpidas que ocasionan tantos fracasos colectivos. La falta de diversidad y opiniones distintas y el error de sentirse con demasiada razón, así como la negación a evaluar conforme con el interés general, son dos causas principales. Decisiones tontas, por decirlo con civismo.