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David Escobar Arango
Columnista

David Escobar Arango

Publicado el 10 de junio de 2019

Práctica y placer

Querido Gabriel,

Acabo de leer El Código del Talento de Coyle, donde afirma, con base en la neurociencia y en un análisis de los lugares del mundo que han dado a la humanidad más talentos (por ejemplo, el fútbol brasilero, el tenis ruso, el arte de Florencia), que el talento se cultiva, que los talentosos no nacen, sino que se hacen. La base de todo es la mielina de nuestro cerebro, por décadas ignorada por los científicos. Habilidades simples y complejas, artísticas, físicas, cognitivas o sociales, parecen desarrollarse gracias a la mielina que conecta nuestras neuronas. Todo indica que esta sustancia le da velocidad (ancho de banda) a la mente humana. Las dos claves para desarrollarla, según el autor, son la “práctica profunda” y el “encender el fuego” del aprendizaje (ignition, en inglés). Sería algo así como decir que el talento surge de la combinación entre el hábito de la excelencia y el entusiasmo. ¿Hablamos de talento, de la educación que emociona y de la dicha del aprendizaje? ¿Aunque aprender implique esfuerzos y dificultades, conversamos sobre el amor y el gusto por el estudio?

Dice Coyle que la mielina se activa con el entrenamiento, la repetición y la corrección precisa e inmediata de los errores. Quizás tenía razón mi papá cuando decía: “el cerebro es un músculo”. Y para que ello suceda, para que haya práctica constante, se requiere persistencia y tolerancia a la frustración, cosas que no pueden existir sin una energía interior muy poderosa. De esta manera, surge una nueva pregunta: ¿cómo se genera la fuerza necesaria para sostener años de estudio y de práctica? ¿Será que la clave está en la combinación entre disciplina e inspiración, trabajo y placer?

Jorge Wagensberg tiene un hermoso libro que se llama el Gozo Intelectual. El placer es transversal al aprendizaje, dice. Se goza la anticipación, la poderosa curiosidad. Se goza también la experiencia sensorial del durante, del momento de la práctica, del uso de los sentidos para aprender. Se goza, por supuesto, ese momento en el cual nos damos cuenta de que ya sabemos algo, la comprensión. La cima de este placer puede ser, tal vez, cuando descubrimos que, del hecho de comprender cualquier cosa, se derivan un montón de nuevas preguntas: se goza aún más ante el desafío de los aprendizajes venideros. ¿Pensamos entonces en formas para que este placer sea más popular? ¿Cómo construimos los puentes, tan necesarios, entre aprendizaje y hedonismo?

Hay varias formas, dice Coyle, para lograr este viejo objetivo de Yeats, de “encender el fuego”. La motivación es una condición necesaria para que un artista practique diariamente, para que un deportista se levante de la cama en las mañanas frías, para cualquiera que quiera ser mañana un poco mejor que hoy. Las mejores prácticas, cuenta el libro, en las que más aprendemos, comienzan con una conexión simple, usualmente placentera: una charla alegre en la oficina, un juego corto para los futbolistas, un poco de Bach para los músicos. Quizá sean necesarios pequeños placeres como estos para sintonizarnos con la posibilidad creativa del trabajo. ¿Conversamos con tu tertulia sobre estos sutiles vínculos entre esfuerzo y placer? ¿Buscamos formas para conectar el trabajo disciplinado con el gozo, para que así, en medio de un flow de sentido y propósito, nuestro potencial surja, florezca y dé sus frutos?.

* Director de Comfama

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