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¿QUÉ HAY PA CONTRADECIR?

Por Elbacé Restrepo

elbaceciliarestrepo@yahoo.com

Cada vez que uso el tranvía de Ayacucho vuelve a mi memoria una imagen de los inicios de su construcción: La empresa Metro de Medellín invitó a un grupo de personas a un recorrido por la zona de influencia para socializar los alcances de la obra. De la nada apareció una señora, megáfono en mano, arengando contra lo que ella consideraba un exabrupto. Mientras ella hablaba de “explotación”, “afectados”, “desalojo” y “víctimas del desarrollo”, la empresa explicaba sobre el ahorro en dinero y en tiempo para los usuarios, las emisiones reducidas de CO2, la disminución de los accidentes de tránsito y el impacto positivo en general para las comunidades del sector centro oriental de la ciudad.

El pasado jueves, durante la inauguración del metrocable entre las estaciones Miraflores y Trece de Noviembre, no pude menos que emitir un ¡Ooooh, sorpresa! cuando leyeron la placa inaugural donde aparecen el alcalde de Medellín y los concejales de esta administración, con cuyos recursos fue posible terminar la obra, porque entre ellos aparece, cómo no, la señora del megáfono que hace unos años, como ciudadana común y silvestre, predicaba en contra de su ejecución. ¿En qué punto se pierde la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace? Hoy que es concejal, ¿no hubiera sido consecuente de su parte pedir que se omitiera su nombre de la placa por el desacuerdo que siempre ha manifestado contra todo lo que huela a Metro? ¿O acaso es ella la personificación de esa manía que tenemos de contradecir porque sí, porque no, porque de pronto, porque ajá...?

Somos campeones en contradecirnos. Es como si a los Mandamientos de la Iglesia, válidos para toda la humanidad, en una edición colombiana se les hubiera agregado “Contradecíos los unos a los otros”.

Defiendo la conversación constructiva en la que se enfrentan racionalmente ideas o posiciones diferentes e incluso opuestas con el ánimo de aportar para una mejor solución o para construir una verdad más grande (lo contrario sería unanimismo o conformismo, que tampoco son buenos). Pero entre nosotros más se demora alguien en proponer algo que en caerle medio mundo encima para criticar, contradecir y volver ripio su idea. Y casi siempre sin argumentos sólidos, pero sí con vehemencia, con pasiones y frecuentemente con rabia y con odio. Las propuestas se apoyan o se atacan según quien las plantee, no según su conveniencia.

El proceso de paz, Parques del Río, el túnel de Oriente, el derribamiento del edificio Mónaco, el pico y placa ambiental, la construcción y luego la demolición de las pirámides de la Oriental son algunos ejemplos en que los ímpetus se han desbordado para desestimarlos y descalificarlos porque sí, o porque los propuso un fulano que nos cae muy mal.

Esta actitud irracional tiene efectos funestos: Entorpecer iniciativas que pueden ser buenas, o al menos desgastar en defenderlas o atacarlas las energías que deberían gastarse en realizarlas. Y distraer la discusión entre las verdaderas ventajas y desventajas de una idea que pueda llevarnos a mejores puertos.

¿Soy yo, o ustedes también sienten que se nos va la vida en una confrontación estéril que no nos lleva a ninguna parte, aunque finalmente acabamos montados en el mismo bus, como la señora del megáfono?.

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