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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 10 de marzo de 2021

Que no se queme el pan

En poco más de dos miércoles estaremos en plena Semana Santa y la tercera ola del coronavirus hará señas. Claro, la gente querrá irse de mar y parranda. Tantos días con sus noches libres, por fin, de esclavitudes. Algo similar pasó en Navidad, cuando la rumba cocinó a fuego lento los casi once mil muertos de enero, el mes más fatídico de nuestra pandemia.

Por supuesto que hoy tenemos vacuna y planes ilusorios de pinchazo a todo el mundo. Pero el bicho con trompetas rojas se limita a sonreír y a tachar a más cristianos de la lista de los que se decían mortales. Les dará gusto.

Esta premonición macabra sería el pan quemándose en la puerta del horno. Cuando habíamos respirado a pleno oxígeno ante la derrota inminente del mal, la impredecible ponzoña ordenaría un aterrizaje forzado de las esperanzas.

Hay una gran diferencia entre esta coyuntura y la extendida zozobra del año maluco. Hasta hoy ha sido el miedo al contagio y a la muerte lo que frenó el deseo y el ímpetu de la productividad. Al fin y al cabo el terror cumplió con su pedagogía para perros.

El peligro de la cercana semana mayor es que aquel pánico aleccionador perdió eficacia, mientras la población no se proveyó de otros silogismos para hacerle el quite a la pandemia. A falta de miedo, no existe hoy un escudo que proteja a la gente.

¿Cuál habría podido ser tal panacea? En pocas palabras: no basta cuidar y confiar en la inmunidad instintiva del organismo, es indispensable evitar la exposición atrevida a las ferocidades de la alimaña. Los caballeros andantes del Medioevo se entrenaban con esmero para el combate, eran uno solo con su caballo, pero no ofrecían el pecho descubierto a las espadas y lanzas del adversario.

Hacer fuertes el cuerpo y la mente es la suprema medida hacia el interior. Esquivar con acierto las asechanzas malignas es la imprescindible astucia hacia el exterior. De este doble movimiento depende la victoria. Incumplir lo primero es estupidez. Descuidar lo segundo es temeridad.

Para que no se queme el pan en la puerta del horno que se acerca, es urgente dar prioridad a la cautela. Lo que se hizo o se no se hizo para blindarse del contagio es ya historia. El momento pertenece a la prudencia de no exponerse alegremente a las garras agazapadas de un tercer pico

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