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Juan Carlos Manrique
Columnista

Juan Carlos Manrique

Publicado el 06 de mayo de 2022

Quemar las naves para salvar la democracia

Alejandro Magno aplicó con éxito un modelo de innovación disruptiva denominado destrucción creativa. Quemó las naves en las que llegaron y creó una cultura ganadora en su ejército. Solo había una opción: ganar. Porque la otra, devolverse, ya no existía. Había sido destruida por ellos mismos.

Las democracias y las libertades en el mundo, como los dinosaurios, están en vía de extinción. El último informe del Democracy Index registra que el 54 % de la humanidad vive bajo regímenes autoritarios e híbridos. La tendencia in crescendo.

¿Por qué? Porque las democracias solo tienen valor si son un modelo efectivo para solucionar los problemas y generar igualdad de oportunidades. O, de lo contrario, las democracias y las libertades se quedan sin clientes, como le pasó a Blockbuster, que fue destruido por Netflix. Pierden relevancia. Se vuelven obsoletas. No aportan valor a los ciudadanos. El escenario perfecto para aplicar, en palabras de Moisés Naïm, el modelo 3P: populismo, polarización y posverdad.

Esta semana me impactó una foto donde aparece una protesta en el Catatumbo: “Exigimos al gobierno la realización de los puentes”. Las vías entre los municipios son unas trochas cuya circulación es una verdadera odisea. El Catatumbo clama. Por esa evidencia, la fundación Howard Buffet donó $46 millones de dólares para la construcción de 80 km de vías terciarias en la región. ¿En serio nos tienen que donar para esto?

Somos un país rico lleno de pobreza. La democracia está “encabinada”. Es lo que le pasa al piloto de un avión cuando los mandos de control de la cabina lo desconectan de la realidad exterior. Siempre gana la realidad exterior.

En los años 80, Colombia realizó reformas de destrucción creativa para disminuir sustancialmente el poder presidencial y crear un sistema de poder descentralizado. Con más sombras que luces, se “destruyó” el poder presidencial, pero no se creó más Estado que territorio. Una desgracia que nos persigue todos los días.

Cada vez que se presenta un problema menor o mayor en cualquier municipio del país donde ha fracasado la descentralización, los ciudadanos reclaman la presencia del gobierno central bajo el antiguo modelo presidencialista. Todo es culpa del presidente. ¿Para qué, entonces, alcaldes y gobernadores? La descentralización en muchas regiones creó un sistema perverso, corrupto, la mayor fábrica de desigualdades. La brecha de desarrollo y bienestar es grotesca entre Bogotá, Antioquia y Santander y la Guajira, Caquetá y Arauca.

Por eso, hay que destruir el actual modelo de descentralización para crear un nuevo modelo que equipare, por lo alto, la competitividad y el bienestar de las regiones y sus diversas comunidades. Ojo, es hora de que nos tomemos en serio la destrucción creativa de nuestro modelo perverso de descentralización.

El próximo presidente debería cerrar el Palacio de Nariño o convertirlo en un museo. Irse a liderar, desde las regiones y desde las vías terciarias, la ejecución de un plan Marshall sin precedentes para salvar la democracia, aprovechando la bonanza petrolera. Y, de paso, “quemar todas las naves”. ¿Todavía estamos a tiempo? 

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