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Publicado el 17 de septiembre de 2021

¿Quién que sea normal vive siempre en el agua?

Por Manuel Jabois

En 2007, cuando volvíamos los amigos de siempre de nuestra primera despedida de soltero, uno de ellos se bajó del grupo. Estaba especialmente taciturno en el aeropuerto, y en la cola de embarque le pregunté si le pasaba algo. Dijo que no podía seguir así y que aquella vida ya no tenía sentido. Teníamos entonces 29 años. Era cierto que habíamos compartido días, noches y viajes con la seguridad de que el mundo acabaría mañana, pero no le di importancia. Empecé a dársela cuando una semana después no apareció en la boda. Y se la terminé de dar cuando no volvimos a verlo hasta muchos años después, solo un par de ocasiones puntuales, con el afecto y las reservas con las que uno se encuentra con un ex.

Te dejan muchas cosas y muchas personas en la vida, por razones estúpidas o profundas, justas o injustas, ¿pero un amigo? Durante meses intentamos averiguar por qué nos había dejado de aquella manera tan abrupta. La razón estuvo a la altura. ¿Qué hay tan importante como para dejar a tus amigos? El Atlántico.

Mi amigo, uno de los tipos más sensibles, honestos y divertidos que conocí nunca, quería entrenarse para cruzar el Atlántico él solo. Trabajaba en barcos pesqueros, y su afición eran las regatas. Una de esas consistía en cruzar el Atlántico con un velero de clase mini. Alguna vez me había comentado su idea de hacerla. Le pregunté si eso no era demasiado arriesgado. Me dejó una frase para el recuerdo: “A lo mejor es más arriesgado no hacerlo”. Obviamente, en algún momento de aquella despedida de soltero pensó que, si iba a cruzar el Atlántico, no podía hacerlo con guayabo. Sobraban las malas influencias. Además nos dejó una maravillosa lección: solo un océano puede separarte de tus amigos.

He recordado esto mientras leía Buena mar (Alfaguara), la primera novela de Antonio Lucas, que escribe: “Yo tenía una idea peregrina del mar, y ahora tengo una idea peregrina de todo lo demás”. Una historia que es una disección exacta de la vida en alta mar; por tanto, de la no-vida. La experiencia es tan realista que sacude. “Lo jodido de trabajar en el mar es volver a tierra y que no haya nadie”, le suelta el patrón. “Lo único que sucede de verdad en la vida de un hombre es aquello que le ocurre en tierra. Lo demás es miseria. ¿Quién que sea normal vive siempre en el agua? El agua es un lugar de paso, antes o después sales o te hundes”. Como en tierra, pero sin metáforas, de verdad. Por eso acabé de leer el libro como se acabó aquella vieja amistad, con el máximo respeto por quien lo hace

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