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Henry Medina Uribe
Columnista

Henry Medina Uribe

Publicado el 13 de mayo de 2022

Reaccionamos o perecemos

Razón le cabe al gobernador de Antioquia, Aníbal Gaviria, cuando afirma que los hechos vividos durante cuatro días del “paro armado” decretado por el Clan del Golfo son indicadores de incapacidad estatal y serias falencias en el cumplimiento de las funciones constitucionales asignadas a los diferentes niveles de gobierno. Equivocados están quienes afirman que lo ocurrido obedece a ineficiencia de la fuerza pública y que la solución está en incrementar el pie de fuerza para hacerlos los únicos responsables de la solución del problema. La inferencia causal (etiología) está en el deterioro creciente de la legitimidad institucional, producto de decisiones y hechos políticos errados que debilitan el Estado, menoscaban la credibilidad en el liderazgo político, desajustan los procesos administrativos y empobrecen la confianza en quienes detentan el poder legal.

Lo previsible, por obvio dentro del comportamiento mafioso, es que una vez extraditado Dairo Antonio Úsuga (alias Otoniel), los delincuentes de la segunda línea de mando de la organización, entre ellos alias Siopas, Chiquito Malo y Gonzalito, entrarán a disputar el liderazgo mediante demostraciones de poder, representadas en capacidad de ejercer control poblacional y territorial mediante la violencia, la intimidación y el terror.

Ello explica el “paro armado” (impensable en una democracia plena), que afectó a más de 80 municipios, en algunos paralizando prácticamente la actividad económica y la libre movilidad, de 11 de los departamentos del norte del país, en expresión clara de la espiral simbiótica poder-dinero que puede llegar a sobrepasar la capacidad punitiva del Estado y repetirse en cualquier momento en áreas como el suroccidente y oriente del país. En términos más comprensibles: o reaccionamos inteligentemente para corregir el rumbo o perecemos como sociedad decente.

Los candidatos a la presidencia deben ser conscientes de que quien triunfe va a liderar una sociedad dividida y un país fragmentado. Por ello resulta necesario aterrizar en nuestra realidad, poner el país por encima de los egos, superar el lenguaje de odio y venganza y evitar la descalificación a ultranza de cualquier idea del adversario, independiente de su mérito.

En tal contexto, resulta muy positiva la reunión de los diferentes candidatos con los obispos miembros de la Conferencia Episcopal Colombiana, como encargo del papa Francisco. Ojalá que el pacto contra la violencia en la campaña allí sugerido haya servido de acicate para el “pacto de no agresión” firmado el pasado martes, y que le encuentren sentido a la frase de monseñor Rueda: “Los cambios traen temores, pero también esperanzas que estamos obligados a cuidar”.

En conclusión, los aspirantes a la presidencia deben tener claro que las situaciones complejas que vive el país son muy serias y que no se pueden resolver dividiendo, ni con bravuconadas ni con triunfalismo infundado y fingido, sino con el ejercicio de la dialéctica, el análisis racional y planteamientos juiciosos y patrióticos que busquen las mejores estrategias para lograr la reconciliación y la reconstrucción del tejido social, con el mismo espíritu que animó los acuerdos de paz 

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