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Publicado el 05 de octubre de 2021

Robots de compañía

Por Cristina Manzano

En China las autoridades acaban de anunciar que reducirán el número de abortos realizados por motivos no médicos. Son malos, dicen, para el cuerpo de las mujeres y pueden causar infertilidad. En Corea del Sur un 42,5 % de quienes tienen entre 30 y 40 años están solteros. La crisis económica, la falta de empleos estables y los altísimos precios de la vivienda llevan cada vez a más coreanos a cuestionarse tener pareja, casarse y tener hijos. En Japón, desde hace más de una década, cada año mueren más ancianos que niños nacen.

El siglo de Asia, el ascenso global de lo que solíamos llamar Extremo Oriente, se ve seriamente amenazado por el declive demográfico. Japón es ya el país más envejecido del mundo; China no sabe cómo revertir en la práctica, por mucho que cambie las leyes, su antigua política del hijo único; y en Corea, con una tasa de fertilidad de 0,84, están lejos de alcanzar el nivel de reemplazo.

Es un fenómeno general (de momento África queda fuera), pero que en parte del continente asiático se ve acompañado de un rasgo peculiar: los tradicionales bajísimos niveles de inmigración. Detrás de ello, una mezcla de aislacionismo histórico, idiomas difíciles, estructuras sociales patriarcales y etnocéntricas, algo (bastante) de racismo y unas leyes muy restrictivas a la hora de facilitar la acogida de trabajadores extranjeros. Otra tendencia que los tres países llevan algún tiempo tratando de revertir, pero con éxitos dispares.

Uno de los sectores que más depende de la inmigración es el de los cuidados. Es la realidad de numerosos países occidentales; pero ¿será suficiente para las crecientes necesidades de Asia? Se calcula que, solo en Japón, en 2025 habría un déficit de un millón de personas en este campo.

Puede que la tecnología venga a echar una mano también aquí. Como apunta Diego Hidalgo en “Anestesiados”, los robots ya están empezando a acompañar, si no a sustituir, a los humanos en el cuidado de niños y ancianos: “Los poderes públicos, con recursos limitados y a menudo ávidos de soluciones de optimización, se verán tentados de recurrir a estas máquinas para cuidarlos”.

Detrás hay todo un debate existencial sobre los límites de la tecnología; sobre la soledad en sociedades cada vez más deshumanizadas; sobre el contacto personal —tan añorado en estos meses de pandemia— y su papel en nuestro bienestar; sobre la cada vez mayor dependencia de los robots para cada faceta de nuestras vidas. Desde la Europa del Sur parece inconcebible dejar a nuestros mayores en manos de máquinas. ¿Veremos una nueva brecha entre Oriente y Occidente? ¿Acabaremos sucumbiendo todos a la hegemonía tecnológica? 

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