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Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 18 de marzo de 2021

Rondando esa esquina

Cuenta García Márquez que en una ocasión Fidel Castro le confesó que su gran ilusión era pararse de nuevo en una esquina.

Nosotros tuvimos esquina propia: La Puerta del Sol, en Envigado.

Contemporáneos proUstáticos hemos hecho croché virtual estos días alrededor de ese ícono de nuestra “jodentud”.

Los anónimos, felices e indocumentados de los años sesenta nos parqueábamos en esa esquina a mendigar la “ultimita” de los “capullos de azucena” de La Presentación que pasaban en el bus del colegio, bellas, olímpicas, distantes, desdeñosas.

Ellas sabían que las esperábamos. En muchos casos, esa ultimita terminó en acrobacias debajo de las cobijas, por supuesto, previa lectura de la epístola de Pablo.

Sabíamos en qué banca del bus iba la pipiola de nuestras pesadillas. Después de coronar la “última” -lo más parecido a un beso con los ojos- el mundo podía seguir dándose contra las paredes.

Acompañábamos la dulce espera con tinto, aguardiente y algún tango o bolero que sonaba. El bebestible dependía del sagrado anfitrión. O del éxito de la visita hecha a la billetera de los taitas, nuestro Banco de la República personal.

Una de las pasajeras de ese bus de La Presentación me dijo, nostalgiosa la muy mugrosa: “Sí, en esa esquina estaban los que queríamos ver. Con eso teníamos. No hay que mencionar nombres. Son recuerdos agradables, sanos, bonitos”.

Sin duda, el nombre de la heladería fue clonado de la madrileña Puerta del Sol, inicio de las carreteras españolas (el kilómetro cero), en donde está la estatua del símbolo madrileño del oso y el madroño.

Después del “kilómetro cero” envigadeño, en el famoso andén, estaban Jardines, La Macarena, Mi Casa, Otraparte, La Hostería, La Yuca.... Además de hablar del amor, arreglábamos la parroquia envigadeña, el país, el mundo.

¿Con quién hay que hablar para que la reabran en la “encarnación” que nos tocó de la famosa Puerta que conserva el viejo nombre?

Con gusto me alquilaría de mesero. Me refiero a aquellos conversadores insomnes que en un ya conocían hasta el grupo sanguíneo de los clientes. Lo sabían todo de quienes asentaban sus cuartos traseros en las mesas.

De esas mesas, dice la letra de un tango: “Sobre las mesas que nunca preguntan tuve una tarde el primer desengaño”.

Daría esta vida y las que me quedan por haber mirado desde una mesa vecina, a un famoso visitante, el cantante Alfonso Ortiz Tirado. O a Ligia Mayo, León Zafir, Tartarín Moreira o el titiribiseño Caratejo Vélez, recordados por contemporáneos a quienes les he exprimido información para este croché: Alfredo Vanegas y Jairo Morales.

En la Puerta nos despidieron a un grupo de ilusos que nos largamos de casa. La idea era volver a gastarles trago a los vagos del andén como habían hecho otros con nosotros. Pero el hambre y la urgencia de las ultimitas forzaron la parábola del retorno

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