Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 28 de febrero de 2019

Rostros fugaces (4)

En esta encarnación he visto caminar dos papas a la velocidad de una jaculatoria por segundo. También vi pasar campeones mundiales de ciclismo con la rapidez de quien reza los mil jesuses.

San Juan Pablo II me aplicó las cataratas cuando pasó a mi lado durante su visita a Armero, Tolima. El papa Francisco tampoco se dejó chocar los cinco claveles en su visita a Medellín. Los perdono. Pese al doble desplante pontificio los incorporé a la colección de rostros fugaces con los que me he topado.

Un famoso besuqueador de Río atravesaba la aldea global para estar cerca y besar a los famosos. En mi caso, los papas vinieron a mí.

Hace poco me codeé con la élite del ciclismo mundial que corrió en el Tour Colombia 2.1, incluido Chris Froome, cuatro veces ganador del Tour de Francia.

A Froome, Nairo, Rigo y colegas, los vi pasar por la autopista y luego por San Diego. Fue como si el viento pasara en bicicleta.

Me recordaron los potros del soneto de José Eustasio Rivera que al final de su carrera se detienen a oír la llegada retrasada del viento. (Con la poesía y la prosa de Rivera, el autor de “La Vorágine”, quedó claro que literatura es escribir en el viento y en el mármol al mismo tiempo).

Al atravesar un paso cebra oí que la historia se repite porque carece de imaginación. Diría lo contrario porque en los años cincuenta vi pasar cual ráfagas a dos excampeones del tour de Francia, Fausto Coppi, italiano, y el suizo Hugo Koblet, el James Dean de la bicicleta.

Corrían la doble a La Pintada, en tiempos de Hoyos, Mesa, Gil, Pintado, el Gallo de la Montaña y Honorio Rúa, líder de una reposada tertulia musical del Bar Málaga.

Coppi y Koblet llegaron hasta La Pintada. Regresaron a Medellín en hamaca, abanicándose y haciendo escalas para comprar mangos. Eran los tiempos en que los únicos medios de comunicación eran el eco, que utilizaba el aire por rotativa, y la radio que era el cordón umbilical con el mundo.

Tanto el ciclismo como la radio tenían carácter épico. Ciclistas y locutores como el célebre Carlos Arturo Rueda, trabajaban con las ganas. Así nos mantenían informados. Los narradores eran necesarios como un enemigo correcto.

Pongo a funcionar ese espejo retrovisor llamado nostalgia y veo pasar a los ruteros por La Quiebra del Churimo, en Santa Bárbara, donde vivían mis abuelos paternos. Si ver pasar ciclistas no era -y es- lo más parecido a la inmortalidad que me den la cárcel por cárcel.

No podía perderme la delicia de ver pasar mi infancia a través de los ciclistas del Tour 2.1. Ya puedo escribir al llenar una hoja debida: he visto pasar papas parsimoniosos y ciclistas raudos. A la vida se le ha ido la mano en gallina conmigo.

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