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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 27 de septiembre de 2019

San Jerónimo

El 30 de septiembre celebramos la fiesta de San Jerónimo (340-420), doctor de la Iglesia. Estudió los clásicos latinos Virgilio, Horacio, Tácito, Quintiliano y sobre todo a Cicerón, y también a los griegos Homero y Platón. Famoso por haber traducido la Biblia del griego y el hebreo al latín, lenguas que conocía admirablemente. Traducción llamada Vulgata por ser para el vulgo, el pueblo.

La sensualidad, el orgullo y el mal genio fueron determinantes de su personalidad, por lo cual se refugió en el desierto de la Tebaida, cerca de Antioquía, donde oraba, ayunaba y pasaba las noches en vela. Con todo, no se sentía en paz. Terminó descubriendo que no estaba hecho para la soledad a causa de su mala salud. “Después de haber orado y llorado mucho, llegaba a creerme en el coro de los ángeles”.

Tomó en gran parte de Orígenes (185-254) su método de exégesis, el de traducir la Biblia en sus diferentes versiones para dar luego una triple explicación: histórica, alegórica y espiritual, labor que lo acredita como filólogo consumado. Por su trabajo, Jerónimo es padre de la exégesis bíblica, pues con sus obras, fruto de su erudición, ejerció gran influjo sobre la forma de traducir e interpretar la Sagrada Escritura, y dio al latín un uso maravilloso como aparece en sus tratados y su abundante correspondencia.

Jerónimo fue ordenado sacerdote a los 40 años, y vivió en Roma como secretario del papa Dámaso, y cuando éste murió, sintiéndose incomprendido por su dureza de carácter, se fue a Tierra Santa, y en el año 386 se estableció definitivamente en Belén, en una gruta, donde, en sus últimos 34 años, descubrió su verdadera vocación: leer, estudiar, traducir, meditar y contemplar.

La fantasía popular le atribuye una historia deliciosa. Meditando un día a orillas del Jordán, vio un león que se arrastraba con una pata atravesada por una espina. Jerónimo tuvo el coraje de acogerlo y curarlo. El animal, agradecido, jamás se separó de él. Cuando murió Jerónimo, el león se acostó sobre su tumba hasta morir de hambre.

El amor por la palabra oral, escrita, pensada, estudiada, meditada y contemplada, determinó su vida, hecho que lo convirtió en maestro consumado. Quien quiera ser feliz ame locamente la palabra, y más si llega a saber que “en el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios, y sin ella no se hizo nada de cuanto existe” (Juan 1,1-3). El cultivo de la palabra sagrada y profana constituyó para Jerónimo el secreto de la felicidad, anticipo del paraíso.

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