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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 18 de octubre de 2019

Santa Teresa de Jesús

El 15 de octubre celebramos la fiesta de Santa Teresa (1515-1582), artista consumada del espíritu, tal como quedó en sus escritos, entre los que sobresalen el Libro de la vida y Las Moradas. Teresa nació rotulada: Escritora-mística, Mística-escritora.

Para Teresa ser escritora y ser mística es lo mismo. Cuando comienza a escribir, hace creer al lector que escribe por obediencia, como mandato “muy dificultoso”, según el Prólogo de Las Moradas. Con todo, en la Conclusión confiesa: “Después de acabado me ha dado mucho contento y doy por bien empleado el trabajo, aunque ha sido harto poco”. Para Teresa, escribir y respirar van de la mano. En su escritura, su riqueza interior es tan profunda como contagiosa.

Lectora apasionada, sus confidencias llenan de asombro al lector. “Que si no tenía libro nuevo, no parece tenía contento”, “Diome la vida haber quedado ya amiga de buenos libros”, “Que en leer buenos libros era toda mi recreación”. Cuando la Inquisición prohibió los libros religiosos en castellano, quedó desolada. De repente escuchó: “no tengas pena que yo te daré libro vivo”. El libro era su Majestad, el libro que leería hasta su muerte. Por eso escribió: “Ha tenido tanto amor el Señor conmigo para enseñarme de muchas maneras, que muy poca o casi ninguna necesidad he tenido de libros; Su Majestad ha sido el libro verdadero adonde he visto las verdades”.

La lectura forjó su vocación de escritora mística. En su libro “Los clásicos redivivos-Los clásicos futuros”, Azorín incluye a Teresa de Jesús, de quien recuerda con inmenso gusto este dicho: “Hablar a todos con alegría moderada”. Y comenta: “Del fondo de su espíritu, directamente, espontáneamente, va surgiendo una prosa primaria, pura, sin elemento de estilización”. Según Azorín, Teresa aparece “profundamente humana, directa, elemental, tal como el agua pura y prístina”.

Encargado de publicarlos, Fray Luis de León encuentra maravillosos los escritos de Teresa: “Dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se iguale”. Para él, su “castellano es la misma elegancia. Con delicadeza y claridad, con pureza y facilidad de estilo, con gracia y buena compostura de las palabras, con una elegancia desafeitada que deleita en extremo”.

Teresa junta las palabras con maestría asombrosa. “Muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de Dios, y regaládose mi alma de ver su gran magnificencia y misericordia”. Cuanto más repito este párrafo, más me seduce su acento rítmico, su musicalidad. Apenas poseída de la belleza divina, puede juntar las palabras con tanta ternura y suavidad. Teresa seduce y deleita a quien la lee con atención.

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