Muy pronto el Medio Oriente regresará a los canales de televisión y a los periódicos. A las secciones que se ocupan de las guerras. Se dirá que ha vuelto la injusticia y la muerte en el enfrentamiento histórico entre Israel y Palestina. Pero no es verdad. Lo cierto, si vamos a decir las cosas con todas las letras, es que siempre ha estado ahí. No puede volver lo que nunca se ha ido.
El ejército de Israel ha matado, en lo que va de este corto pero acelerado 2023, a una treintena de palestinos en Cisjordania. A finales de enero, a su vez, un palestino entró a una Sinagoga y en el peor ataque en años asesinó a bala a siete personas. Hamás, que gobierna desde el 2007 la Franja de Gaza, no se adjudicó el hecho, pero lo celebró. Israel, furioso por el lanzamiento de cohetes desde esa zona, respondió con un bombardeo. Luego un palestino atropelló y mató a dos personas en Jerusalén, una de ellas un niño de seis años. Más venganza y más muerte.
El año pasado cerró como el más fatal para Cisjordania desde 2005 cuando la ONU empezó a registrar los muertos en esta zona ocupada y cada vez más invadida ante el avance de los proyectos de Benjamín Netanyahu. Según datos de Naciones Unidas el 2022 dejó en este lugar 154 palestinos asesinados por las fuerzas de Israel.
El gobierno de extrema derecha que dirige a la potencia, olvidó por completo la idea de los dos estados que aún apoya Europa y un tímido Washington con discursos que no pasan de las lamentaciones momentáneas y de las reuniones bilaterales, pero que no sustentan con acciones contundentes. La camarilla de terror de Netanyahu acelera para concluir su plan de ocupación total y entre el gabinete que construyó a las apuradas -cediendo a peticiones de movimientos abiertamente antiárabes- hay personajes racistas que llaman sin tapujos a atacar a los palestinos.
Del otro lado, la ausencia de una jefatura visible y respetada entre los palestinos facilita los avances de Israel y dificulta cualquier enfoque de diálogo. Mahmoud Abbas, presidente de la Autoridad Palestina, está lejos del control que tuvo hace apenas un lustro y su gobernanza se deteriora ante un pueblo atomizado y con rabia.
El panorama es un desastre. Un verdadero infierno. La ira palestina enfrentada -y sumada- al uso sistemático y excesivo de la fuerza israelí solo puede conducir a un recrudecimiento del conflicto. Es muy posible que los meses que vienen se superen uno tras otro en número de atentados y de víctimas y los discursos de cada extremo se afianzarán con una retórica que se alimenta de sus acciones. Los unos y los otros mostrarán como pruebas de su verdad los resultados de sus acciones violentas. Ataco porque me atacan porque ataco. Y ahí no hay salida. O quizá solo una: la muerte de miles