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Manuela Zárate
Columnista

Manuela Zárate

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SE ESCRIBEN CARTAS DE AMOR

Por

manuela zárate

www.manuelazarate.blogspot.com

Hace unos años en un vuelo a Buenos Aires se sentó a mi lado una señora analfabeta. Cuando nos repartieron las planillas para entrar a Argentina me pidió que por favor rellenara la suya. En un primer momento me entró cierta paranoia. Me imaginaba a la señora siendo una criminal involucrada en un lío de perros y policías, como en las películas americanas. El miedo en sus ojos, sus manos temblorosas con la planilla en las manos me desarmaron. Para esa señora la planilla era Saturno, para mí era un trámite aburrido. Así que accedí y finalmente nos pusimos a hablar. Nunca le pregunté por qué no había aprendido a leer. Me dio pena hacerla sentir más vergüenza de lo que sus gestos denotaban. Pero a medida que me fue dando sus datos sentí que algo nos acercó. Me sentí su eslabón con el mundo. Me di cuenta de lo rápido que se forman las historias, de lo pesadas que son y lo fácil que se cuentan con un par de detalles: edad, ocupación, lugar de nacimiento. Cuando el avión aterrizó nos separamos como dos extrañas que al fin y al cabo éramos, pero que de cierta forma habíamos dejado de ser.

Esa fue la primera vez que ejercí de escribana. La segunda fue el año pasado cuando me senté en una librería a escribir cartas de amor. Escribí tres. No fue mucho, pero para mí fue inolvidable y aunque gané dinero para poco más de un café, salí sintiéndome un agregado formal de la ONU. Sentía que mi bolígrafo era una lanza y que con ella había cambiado el mundo.

Desde hace tiempo llegué a la conclusión de que al mundo le hacen falta dos cosas muy sencillas: cartas de amor y rock pesado. Las primeras porque nos estamos olvidando de decir lo bueno. Lo bueno, lo bonito, aunque sea doloroso hay que decirlo. No hay nada más bello que expresarle a alguien el amor que uno siente, por más que no sea recíproco. Es mejor un orgullo herido que ahogarse con los sentimientos nunca expresados. El rock pesado es para la rabia, porque lo malo hay que dejarlo salir. Creo que si uno grita con una guitarra eléctrica de fondo termina tratando mejor a los seres queridos. Tal vez la biografía de algunos rockeros me contradiga, pero eso es más un problema de estilo de vida que otra cosa.

A veces sueño con llegar a una plaza y montar un pequeño despacho ambulante marcado con un letrero hecho a mano: se escriben cartas de amor. Me gustaría escuchar a la gente, ver los ojos, y hacer preguntas. Me gustaría ver la vida a la cara. Porque el amor es tal vez lo más real que tenemos aunque no podamos verlo. Nos fulmina. Nos desdobla. Nos saca de nosotros mismos, nos controla hasta el punto de que bajo sus efectos somos capaces de hacer y decir cosas que nieguen incluso aquello en lo que basamos nuestra existencia. Uno tiene muy pocas herramientas para resistirse, y duele saberse de pronto tan impotente. Pero también la esperanza se basa en la convicción de que bajo nuestra piel hay un motor que nos impulsa más que fuerza alguna.

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