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Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 22 de septiembre de 2020

Se les abona el gesto

Hablemos del reconocimiento que hizo las Farc por el delito de secuestro. Lo único que queda es confiar en que haya sinceridad en este acto de contrición, porque los hechos son contundentes y seguir negándolos es tan imposible como meter un elefante a un topolino.

Las cifras muestran la magnitud de la tragedia que causaron. Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, el conflicto dejó 37.000 secuestros. Cerca de 9.000 fueron cometidos por las Farc. Recuerdo las imágenes de la toma a la estación de Policía en Mitú, Vaupés. Noviembre de 1998. Los policías tuvieron que rendirse después de tres días de combates cargados de sevicia. Entre las ruinas, se les vio caminando con la desolación a cuestas, rumbo a entregarse a sus secuestradores. Lo mismo pasó en la toma del Billar, Casanare; Miraflores, Guaviare; La Uribe y Puerto Rico, Meta; Paravandó, Antioquia. Lo mismo pasó con los diputados del Valle, con el gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria y su consejero, Gilberto Echeverri; con Clara Rojas e Ingrid Betancourt, en fin, miles más de personas a quienes metieron en jaulas y encadenaron como si estuvieran en campos de concentración para extorsionarlas y usarlas como moneda de cambio frente a sus lunáticas intenciones. Muchos hoy están muertos o desaparecidos.

“Es el peor de los crímenes”, les dijo Ingrid Betancourt, a quien metieron en una tragedia de vida. Esa frase les debería retumbar permanentemente en la cabeza como si fuera un mantra. Por eso, esto no puede ser una artimaña para aprovechar concesiones en la justicia transicional y menos ser una estratagema política, simplemente porque pedir perdón no significa olvidar y mucho menos ser un saldo a la responsabilidad por los actos cometidos.

En su perdón, las Farc dijeron que el secuestro hirió de muerte su legitimidad y credibilidad. Creo que es lo más objetivo que han dicho en los últimos tiempos. Algo que los obliga a pasar de los dichos a los hechos para reparar y pagar por las responsabilidades. Dejar a un lado esa actitud de sordos, les ayuda un poquito, porque se estaban ahogando en una retórica acomodaticia y negacionista que acrecienta dolores y rabias.

Si quieren ayudar a que esta Colombia no se vaya más de nalgas para el estanco deben reconocer y permitir que muchos liberen el dolor que cargan. El momento los invita a que digan dónde están los desaparecidos, dónde enterraron a quienes murieron en cautiverio. Que expliquen las razones por las que secuestraron y quiénes estuvieron detrás de estos actos ilegales y delictivos. Verdad abierta, entendiendo que las preguntas incómodas deben salir de este lado.

Pasaron cuatro años desde la firma del Acuerdo de Paz y se logró que pidieran perdón. Se les abona el gesto. Quizás las heridas sean un poco menos hondas, pero falta mucho. ¿Será que dan otros pasos? .

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