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Óscar Domínguez Giraldo
Columnista

Óscar Domínguez Giraldo

Publicado el 17 de noviembre de 2022

Servir fue su verbo

A Hernán Darío Estrada Londoño, médico y neurocirujao de la Universidad de Antioquia, lo llamaban para que diera una mano y estaba ocupado dando las dos.

Por enfermedad, tuvo que cerrar su sancta sanctorum, su consultorio. Fue como notificarle al colibrí que su vuelo entre las flores queda suspendido.

Adjetivos como ético, honesto, humano, rimaban con una barba jipi que recordaba a Whitman o a Marx.

Según Gabriel Jaime Gómez Carder “perdimos a uno de los mejores médicos humanitarios, un verdadero apóstol de la medicina”.

Para Luis Mariano Gómez “no solo fue una mente brillante: ante todo fue un gran ser humano, siempre solidario”.

En palabras de Mari Alvarez, “sin advertirlo, con su ética anticipó el cielo de sus pacientes ... y su propio cielo”.

Su colega y compañero de estudios Álvaro Roldán lo describió como una “persona franca, noble, crítica y muy sensible, de mente brillante y cálida; se entregó tanto a los demás que no tuvo tiempo para él”.

Juana Estrada Sierra, su sobrina, despidió a “un grande de la familia, un excelente ser humano y sobre todo un excelente tío” al que le colaban el aire su madre, doña Margarita, y sus hermanos.

Cuando le detectaron cáncer de colon inició un largo peregrinar por las Uci. En un chat a sus amigos relató la pesadilla vivida.

“Soy otro después de estar cuatro veces en la Uci. Los resultados médicos no compensan el daño irreparable en la esfera sicológica. Ya no soy Hernán Darío Estrada: soy lo que queda de él.

Como dice el Dr. Vélez, no hay día, no hay noche. No hay horario. No hay quién escuche el gemido. El amigo y colega es un extraño. No se le ve la cara.

No hay una mano en el hombro que te diga cómo te sientes. Tampoco el estetoscopio en el pecho que te haga sentir protegido. No sabes lo que es un baño a las 5 am tiritando de frío. Pregunté por qué no me cambiaban de posición cada dos horas y oí las burlas.

Es un lugar hostil. Con ruidos por alarmas de aparatos y conversaciones y risas inadecuadas.

Los pacientes tenemos angustia, ansiedad, insomnio, miedo y temor a la muerte. Fácilmente nos rotulan de psicóticos.

Rescato a los ángeles, las enfermeras (gran mayoría). Son médicas - explican el porqué -, familia, confidentes y amigas. Difícilmente se sientan, mientras los dioses del Olimpo no se mueven de su trono y su juguete, el computador.

Falta mucho para humanizar las Uci. Hay que empezar por humanizar los médicos. ( Los hay muy humanos ). Los pacientes en la Uci nos convertimos en objeto de estudio médico pero se olvidan de las necesidades emocionales”.

Feliz eternidad, doctor Hernán. No lloramos su muerte, celebramos su vida. Y como dicen los quechuas, hasta que la vida nos vuelva a encontrar. .

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