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Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 03 de abril de 2019

Shhhh

Hay quienes se indignan más por los “sobrinos” que por los hijos del clero. Unos y otros hacen parte de nuestra tradición secretista, de eufemismos, nutrida por la hipocresía. Sin embargo, es preciso señalar una diferencia abismal entre ambos: mientras que los hijos no reconocidos por los sacerdotes católicos son casos impunes de censura social y paternidad irresponsable (lo evidencia Elena Bustamante, testimonio expuesto en mi columna anterior y Blu Radio), los “sobrinos” resultan de la doble moral.

El libro “Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano”, de Frédréric Martel, narra cómo, por ejemplo, Theodore McCarrick, exarzobispo de Washington suspendido por abusos sexuales, llamaba “sobrinos” a los seminaristas con quienes sostenía relaciones. De acuerdo con Martel, el célebre Domus Sanctae Marthae alberga secretos de “sobrinos”. (Aunque el texto de este Ph.D. en Sociología es el resultado de cuatro años de trabajo y 1500 entrevistas, su redacción en tono de “cotilleo” no honra la investigación).

Afirma el escritor que en la Iglesia: “La norma ha sido siempre una fuerte tolerancia [del homosexualismo] de puertas para adentro en contraste con la intransigencia de puertas para afuera”.

El Papa dijo recientemente que el periodismo debe evitar la desinformación, la calumnia, la difamación: “El amor a la caca, a la cosa sucia, a los escándalos”. ¿No sería mejor si la Iglesia enfrentara los “escándalos”, despojada de opacidad? ¿Es el secretismo uno de los factores que ha convertido a la institución (y, con ella, a sacerdotes y monjas comprometidos con la labor social) en blanco fácil de críticas?

“Sodoma” dedica 33 páginas a Alfonso López Trujillo, a quien califica como “la fiera”, “una de las páginas más negras de la historia del Vaticano”, “personaje del Antiguo Testamento”. Sus historias, corroboradas con pruebas periodísticas, evidencian que la Iglesia no se basta sola para ocultar: necesita del desconocimiento flagrante del Estado laico, autoridades judiciales complacientes y una sociedad silenciosa como la nuestra (instituciones, prensa, ciudadanos) para encubrir identidades y sepultar lo inconfesable.

¿La promesa de justicia celestial supera el respeto por la terrenal? La efectividad de nuestra sociedad secretista habla a través de Elena Bustamante, López Trujillo o las investigaciones del periodista Juan Pablo Barrientos. Todavía se desconoce por qué Ricardo Tobón, arzobispo de Medellín, dijo en una entrevista que no sabía que Roberto Cadavid (sacerdote que salió de dos parroquias distintas por pederastia, en 2005 y 2012) oficiaba en Estados Unidos: el mismo Tobón lo había recomendado y autorizado para hacerlo. En 2016 se decretó la suspensión “ad cautelam” de Cadavid, ¿conoce la Fiscalía su paradero?

El celibato poco tiene que ver con la “emulación de la vida de Jesús”, es el producto de una historia que no abarca esta columna y que, por proteger los bienes de la Iglesia, ha desembocado en un secretismo asfixiante, en el sufrimiento de generaciones. Optar por la soledad, vivir en pareja (heterosexual, homosexual) o formar una familia (tradicional; homoparental; diversa), son decisiones respetables. Votos de humanidad.

Los ciudadanos como usted o yo –fieles, ateos, indecisos...– no podemos modificar las normas de la Iglesia, pero sí los pactos de silencio.

En su primer fogueo periodístico, Francisco pronunció unas palabras revolucionarias para el pontificado, una promesa: “Si una persona es gay y busca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarle?”.

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