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Publicado el 29 de septiembre de 2021

Si no ahora, ¿cuándo?

Por Margaryta Yakovenko

Tiene 20 años y dice: “El año pasado entré en una crisis existencial y, bueno, acabé aquí”. Los demás asentimos. Unos minutos después, otro compañero se presenta y confiesa: “Después de lo que pasamos, me planteé algunas cosas... eh... me pregunté, si no era ahora, ¿cuándo?”. El resto volvemos a asentir. No estamos en un grupo de adictos anónimos. Estamos sentados ante un pupitre, un tablero blanco y un mapa de la bota de Italia colgado en la pared. No estamos redimiendo nuestros pecados, estamos intentando aprender italiano.

Formamos un grupo peculiar que oscila entre los 17 y los 60 años. Somos cerca de 20, todos predispuestos a pronunciar correctamente las ci como chi y las chi como qui y olvidarnos de que el italiano no es ponerle una i al final de cada palabra en castellano. Nuestra profesora sabe que está ante un grupo de gente extravagante y poco práctica. No estamos aquí porque en nuestro trabajo nos exijan saber hablar italiano, sino porque hemos decidido que es un idioma bello, nos gusta la pizza, Måneskin o porque somos lo bastante ilusos como para creer que un día viviremos en Roma y seremos felices estando siempre al borde de un stendhalazo.

Pero, además de todo ello, estamos aquí por culpa de una pandemia que nos ha puesto al borde del abismo, cara a cara con nuestros miedos y mirando de frente a nuestros deseos. Y no hay nada que dé más terror que un deseo no cumplido. Nada que provoque más pánico que sentir que ya es tarde para eso que tanto querías y no hiciste porque creías que estabas demasiado ocupada, o te daba demasiada vergüenza, o sentías, precisamente, miedo de hacerlo realidad. Por eso, después del confinamiento, algunos ex volvieron dejando de lado el orgullo más dañino y absurdo. Algunos familiares supieron perdonar viejas rencillas. Algunos amigos limaron asperezas y otros, simplemente, dejaron de hablarse entendiendo que no se aportaban absolutamente nada el uno al otro.

Confinados entre cuatro paredes y sin interacciones sociales, nos propusimos ser mejores. Había ciertas cuestiones en nuestras vidas prepandémicas que sabíamos que nos estaban llevando a un callejón sin salida, pero no sabíamos cómo dar media vuelta.

No suelo pecar de optimismo, pero si tengo que pecar, que al menos sea de eso: quizá sí que estamos intentando ser mejores. O, al menos, ser más fieles a nuestros deseos. Aunque sean deseos utópicos o nada prácticos. Si no ahora, ¿cuándo? Yo de momento seguiré yendo a cada clase con un alegre ciao nada más cruzar la puerta. Que todos sabemos que en realidad se pronuncia chao 

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