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Óscar Domínguez Giraldo
Columnista

Óscar Domínguez Giraldo

Publicado el 11 de agosto de 2022

Sillas vacías

Jaime Bateman Cayón, fundador del M-19, habría tenido puesto en ring side durante la posesión de su pupilo, Gustavo Petro. En póstumo homenaje, Bateman merecía una silla vacía en la Plaza de Bolívar. También la merecía quien firmó la paz con Barco, Carlos Pizarro Leongómez, asesinado en plena campaña por la presidencia.

Pizarro estuvo representado por su hija la senadora María Paz, de tranquila y perturbadora belleza, y por su hermana María del Mar, representante a la Cámara.

Presencia notoria fue la propia espada de Bolívar, traída a marchas forzadas desde Palacio. Violando la urbanidad de Carreño, la espada había sido robada años atrás por el M-19.

Fue el primer acto de gobierno del nuevo mandamás. Nadie contaba con su astucia de ordenar que compareciera el histórico “fierro”. Donde el expresidente Duque no autorice el trasteo, todavía tendríamos a decenas de ilustres visitantes pagando hangares en el aeropuerto. Y a sus mujeres preguntando dónde diablos andaban sus mariditos.

La que sería la última entrevista que concedió en la clandestinidad el fundador del M-19, el 26 abril de 1983, se hizo en vísperas de su viaje a Panamá, donde iniciaría diálogos de paz con el gobierno del presidente Betancur.

Ese diálogo tenía el silencioso aval del más ilustre paisano de Bateman, el Nobel García Márquez. La paz total está en lugar privilegiado en el menú del nuevo gobierno.

La charla de este reportero con el fundador del M-19 se realizó en un apartamento de El Rodadero, en Santa Marta. Por cuenta de las finanzas del Eme despachamos severo sancocho de sábalo. Les quedó “sabroso”, dicho sea en la jerga de la vicepresidenta Francia.

“Hacer bien la política es como hacer bien el sancocho”, solía predicar el chef Bateman. Su forma de hacer el sancocho consistió en regresar a sus “guerrillos” a la civilidad en tiempos de Virgilio Barco. Le tocó a Pizarro echar la bancaria para firmar la paz.

Eso explica con creces que su hija María José fuera la encargada de imponer la banda presidencial a Petro. Una que otra lágrima rodó por sus cachetes.

“Que la lucha por la paz no nos cueste la vida”. Esta frase de su asesinado taita la llevaba María Paz impresa en su traje. También llevaba la imagen del Pizarro, quien le dice en una de sus cartas:

“Que nunca existan lágrimas en tus ojos, búscame cuando estés triste en el sol y las estrellas, en el aire, en todo lo que hay bello en la vida. Yo no pude acompañarte en la vida, pero te di la vida y no me arrepentiré jamás. A ti te corresponde hacerla luminosa, trabaja y juega; juega y trabaja, y serás feliz”.

“Desgárrate siempre que ames. Ama con todo el amor de la vida cuando el amor te asalte. Sé apasionada. Haz de cada época de tu vida una leyenda” 

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