Estación Turbina, en la que entran y salen los vientos más variados, los ruidos de los televisores que no dejan hablar, los espacios convertidos en centros comerciales con túneles hacia los aviones, la gente que hace colas mirando el pasaporte para ver si se parece al de la foto, los que todavía se enredan con los pasajes electrónicos y preguntan si el número de la cédula vale, los dormidos que perdieron el vuelo y abren los ojos, el despistado que ha llegado tarde a una conexión y le pide explicaciones al cielo, la mujer que se pasea como si ya hubiera llegado a la playa, el muchachito de cachucha amarilla y camiseta que le queda grande, la viejita que se echa la bendición mientras el marido mira lo que lleva en la mochila, en fin, en los aeropuertos nuestros pasan las cosas más curiosas en tanto que los aviones vuelan por encima sin poder aterrizar, sosteniéndose en el aire mientras consumen cientos de litros en combustible debido al “trancón” aéreo.
En este país de los aguaceros inesperados y furiosos, de los calores intensos e imprevistos, que tiene su capital en el centro y en lo alto de una meseta helada, el aeropuerto, que se llama Eldorado como por burla (siempre se mantiene opaco), es un centro de toda clase de absurdos y no por culpa de los controladores sino porque no hay el número suficiente de ellos para atender carreteos, despegues y aterrizajes. Tampoco por la tecnología que se acredita (que parece de museo) sino por la que falta, que debe ser más moderna y eficiente, con buen equipamiento en las torres, radares efectivos y equipos nuevos de aproximación para que no se pierda tiempo en la operación de entradas y salidas. Y, además, capacitación actual, pues no basta con rezarle a Bachué.
El asunto del tráfico aéreo, que es donde más se ha progresado debido a los riesgos que se afrontan, parece no ser bien entendido entre nosotros. Basta ver en Medellín cómo se interfieren corredores aéreos con edificios más altos de lo que la norma permite. Y en Bogotá, cómo se mezclan distintos tipos de aviones en un mismo lugar, desde monomotores y turbohélices (aviones lentos) con aviones rápidos y pesados, como los Air Bus que no solo requieren más pista sino también no sostenerse mucho tiempo en al aire dando vueltas y esperando a que les permitan la operación, lo que a veces los obliga a buscar aeropuertos alternos para descontrol de pasajeros y conexiones, consumo en vano de combustible y caos en la planeación y la logística. Volamos muy bajo en esto.
Acotación: mientras los encargados de la aeronáutica se interesen más en el Duty Free y en aparentar que somos una extensión de Miami, en fomentar la arquitectura Disney (la de los centros comerciales) y en posar de comisionistas de propiedad raíz, no creo que Colombia sea un destino aéreo. Quizá un desatino.