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José Guillermo Ángel
Columnista

José Guillermo Ángel

Publicado el 01 de febrero de 2020

SOBRE AUSCHWITZ

Estación Horror Continuado, a la que llegaron (antes y durante la llegada los confinados) planeadores de índices de gestión (el campo debía dar resultados), administradores de recursos y personal, expertos en psicología para engañar con esperanzas, médicos con predisposición al ensayo con humanos, racistas fanáticos, empresarios que buscaban trabajo esclavo (la I.G. Farben), químicos y físicos para calcular mezclas de gas venenoso y espacios de hacinamiento, expertos en mínimos de calorías para mantener a una persona viva, torturadores profesionales, farmacéuticos para hablar de piojos y jabones que eran piedras (uno de ellos, Víctor Capesius, terminó robando la ropa de los prisioneros), maquinistas de tren que nunca se hicieron preguntas sobre la carga que llevaban o simplemente se encogieron de hombros, vecinos que dijeron no ver ni sospechar nada a pesar del olor que salía por las chimeneas, oficiales nazis de paseo, jefes de cocina y organizadores de burdeles, etc. Y en medio de todos estos personajes, judíos, gitanos, extranjeros indeseables y bolcheviques caminando hacia la muerte.

Auschwitz es una palabra terrible, pues en su contenido admite todos los horrores, el uso de la razón con el objetivo único de matar, la mayor caída del hombre civilizado y los infiernos que puede crear la inteligencia cuando está obnubilada por la intolerancia, la obediencia ciega y el afán de hacer carrera por encima de cualquier planteamiento ético mínimo. Con Auschwitz aparecen las etiquetas (etiquetar al otro para señalarlo, excluirlo, almacenarlo como ganado y al fin destruirlo, no sin antes quitarle todo o ponerlo a producir para financiar su estadía y muerte en el campo de exterminio, dejando un 70% de utilidades. Un preso debía producir 10 marcos diarios: con 3 se pagaba el uniforme, el jergón, las herramientas de trabajo y la supuesta comida, dejando 7 para el Tercer Reich y los corruptos nazis.

En Auschwitz, como dice Primo Levi en Si esto es un hombre y en Los hundidos y los salvados, se crea un universo concentracionario donde el hombre no es el hombre, la palabra es un alarido, los nombres son números y tener una cuchara (en el caso del preso) es la única opción de seguir perteneciendo a la humanidad, pues con la cuchara evitaba un poco ser un animal completo. Y en este espacio, que superó cualquier fantasía enfermiza y criminal, murieron millones de hombres, mujeres y niños de los que no quedó más que un rastro de ceniza. La razón: no ser en el delirio de los otros.

Acotación: Como dice Imre Kertesz, el escritor húngaro y autor de Sin destino, no hay ninguna seguridad de que esto no se vuelve a repetir. Auschwitz es una palabra y tiene contenido y definición (es una máquina de etiquetar), y cuenta con muchas complicidades, en especial de los que niegan el hecho y de aquellos que lo sueñan. A más tecno-civilización, más pensamientos de horror.

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