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José Guillermo Ángel
Columnista

José Guillermo Ángel

Publicado el 12 de febrero de 2022

Sobre el pico y placa

Estación Alerta, a la que llegan aires enrarecidos y partículas químicas y sonoras, palomas con las patas hinchadas y tórtolas que parecen acabadas de mojar, gente que tose en distintos tonos y médicos neumólogos que no dan abasto, decisiones políticas mal-tomadas y un enjambre (como el de Byung-Chul Han) que habla de los pasos peligrosos que estamos dando para crear sociedades del ahogo. Y en medio de todo esto, la fatiga que produce desplazarse respirando humo, frenando a cada momento y asistiendo a un desorden tan grande que lo quisiera Hieronymus Bosch (el Bosco) para pintarlo con colores ocres, grises, algún amarillo chillón y hacerlo parte de El jardín de las delicias, ese cuadro en el que todos los diablos, vestidos como para un carnaval, hacen todo lo que les da la gana.

Las fuentes móviles de contaminación (carros, motos, camiones, buses) son un problema que enfrentan todas las ciudades, en especial aquellas donde las filas de carros superan en extensión a las de las vías principales para desplazarse. Esto pasa en ciudades que permiten que las vías principales mezclen toda clase de vehículos y se violen muchas normas de tránsito; por ejemplo, que los buses solo deben ir por la derecha y usar los paraderos, y los camiones grandes, en especial los que cruzan la ciudad, requieran de una circunvalar para transitar y no moverse por otras vías. Pero, bueno, estamos en el trópico (recuerdo una película de Isabel Sarli titulada Lujuria tropical) y pareciera que aquí el criterio natural de las gentes y gobernantes se moviera más en una jungla que en un río limpio que fluya y no estorbe.

Esto del pico y placa en Medellín es algo aterrador y no por lo que es (lograr que el tráfico fluya mejor y los ciudadanos se enseñen al transporte público), sino por la manera de aplicarlo. El sistema pide que durante un día a la semana los vehículos de dos dígitos no salgan a la calle. Esto está bien. Pero a alguien se le ocurrió que, si se paga un dinero, la norma puede saltarse. Para alguien que tenga un vehículo y lo use solo para él, pagar lo lleva a no salir motorizado y usar el servicio público. Pero para los que trabajan en plataformas (que son demasiados), pagar es ganar un poco menos ese día, pero pagan y salen. Y entonces, entre taxis (que también tenían su pico y placa) y plataformas, buses y camiones, más las motos, las vías están rellenas, la contaminación aumenta y el problema no se resuelve. Y en esta humareda y tos, huele también a presunta corrupción.

Acotación: una economía no se mueve con gasolina, sino con salud pública. Y menos se mueve cuando unos están por encima de otros. La norma es para cumplirla y no admite pagos para saltársela. Así es 

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