Estación Direcciones Encontradas, a la que llegan los despistados y los que buscan todas las respuestas en un solo libro, los que viven en el filo de la navaja (esta expresión es el título de una novela de William Somerset Maugham) y ya conversan con las paredes, los árboles y los gatos; también están presentes los de pensamiento político rabioso, los acusadores y buscadores ansiosos de culpables, los que empiezan con un argumento y terminan con otro contrario, y los que repiten noticias para certificar si el mundo se acaba o ya se acabó y estamos en camino al valle de Josafat, donde será el juicio final y las filas no serán como las de las vacunas, pues hay que dar la cara y la lengua no podrá decir mentiras. Y como la Estación está llena, se habla de no comerse los tapabocas, de no hacer chismes para respetar el espacio debido, de dejar la manía de tocar y de que si los vendedores de frutas y legumbres les bajaran el volumen a sus altavoces habría menos sobresaltos y mal genio.
Es claro que con esto del encierro y de la virtualidad continuada, con las subas maliciosas de impuestos (hay que ver lo que están haciendo con los prediales) y el asunto de mover parte de la economía poniendo a muchos en peligro (el turismo sin controles, las fiestas al escondido, las aglomeraciones en las plazas de mercado y zonas comerciales populares etc.) el ambiente se enrarece y las maneras de pensar se alteran, la moral simple se viene al suelo y ya casi no se gobierna sino que se improvisa, agregando a esto la corrupción en los cargos del Estado, que recuerdan los nepotismos desmesurados de las dictaduras tropicales. ¡Ay mamita linda!
Para un ciudadano que hace la resistencia tratando de mantenerse en estado normal, que todavía piensa en orden (aunque a veces se ofusca), el desorden diario (manifiesto en todos los niveles) lo pone en estado de defensa. Y en esta situación, en la que puede presumir mal de todo, pues la información que le llega lo descontrola si le hace mucho caso, obligándolo a hacerse a un lado y esperar, estar aquí y ahora es un riesgo. Futuro confuso, economía en veremos, acciones gubernamentales que no se cumplen, virtualidad que acosa, ruido enloquecido proveniente de la calle, confusión con las vacunas, peleas públicas mezquinas, son elementos que van a la par del virus. Y esto produce cansancio y fatiga mental. O si se quiere, un vacío por el que se cae delirando.
Acotación: de esta pandemia, dicen algunos, vamos a salir mentalmente afectados, fatigados, con las creencias vueltas trizas y el yo convertido en un ratoncito muerto de miedo. Y así, con temor a que pase algo más (como se anuncia), vivir se ha vuelto una ruleta rusa. O un Harry Houdini