Por David González Escobar
Universidad Eafit
Ing. Matemática - Economía, semestre 6
davidgonzalezescobar@gmail.com
Animal Farm –la conocida novela corta de George Orwell- es una alegoría poco disimulada hacia la Revolución Rusa: escrita al estilo de una fábula, un grupo de animales expulsa a los granjeros que los explotan y maltratan para crear su propio sistema de gobierno sobre su granja, conocido como Animalismo, basándose en el principio de que todos los animales son y deben ser tratados como iguales.
Aunque en un principio la granja prospera y la calidad de vida de los animales mejora, los cerdos lentamente empiezan a asumir funciones de liderazgo y a obtener ciertos privilegios especiales. Con el tiempo, los cerdos rompen los principios en los que se basa el Animalismo, oprimiendo a los demás animales en el camino para seguir manteniendo sus privilegios.
Este comportamiento se perpetúa hasta el punto que -como dice el último párrafo de la novela- “(..) los animales de afuera miraron del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo, y nuevamente del cerdo al hombre; pero ya era imposible discernir quién era quien”. Mi final favorito de un libro, pero también el más desgarrador que conozco.
El poder de la novela radica en que su alegoría logra trascender el contexto de la Revolución Rusa para ubicarse en los efectos corruptores que puede tener el poder: los revolucionarios tienden a convertirse en un fenómeno igual o peor al que derrocan. Se puede llegar al poder prometiendo cambiar el sistema, pero una vez se está envuelto en este, los beneficios de su estructura alteran las prioridades de quienes logran empaparse de poder.
Los ejemplos abundan: no es sino remontarse al chavismo, el “dinosaurio que siempre está allí”.
El contexto regional es innegable: aparentemente hay muchos motivos para estar indignado con el granjero. Las masivas protestas sociales en Ecuador, Chile y demás podrían ser apenas síntomas de una prolongada e ignorada enfermedad.
El diagnóstico seguramente no será sencillo, y aunque haya quienes se empecinen en insistir que sí, su cura tampoco lo será. El progreso gradual es aburrido, toma tiempo. Las falsas soluciones fáciles, muchas veces de choque, suelen ser mucho más atractivas.
Sin embargo, hay que tener sumo cuidado: que el odio al granjero no lleve a más cerdos al poder.
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