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Michael Reed Hurtado
Columnista

Michael Reed Hurtado

Publicado el 18 de febrero de 2019

Sobre la mentira

Una mentira es una afirmación que tiene la intención de engañar a una persona o a un público. Es falsificar algo. Una mentira es expresión de fraude, de faltar a la palabra.

La mentira es desdeñada y condenada. De hecho, es tan despreciada que su prohibición es una de esas reglas que supuestamente tenemos como mandato: no mentir. La exhortación a no mentir nos llega desde pequeños, a veces de la mano de alguna lógica de incentivo (como que la verdad nos hará libres), o acompañada de la invocación de algún castigo o repercusión severa (porque el diablo desciende sobre los mentirosos).

En general existe una condena social amplia en relación con la mentira. Sin embargo, la mentira está en todo lado; al margen del discurso crítico y de repulsión, la mentira se irradia y prospera en nuestra sociedad.

La gran mayoría de mentiras flotan en la atmósfera como si nada: entre verdades y mentiras, la cacofonía es tal, que pareciera no importar. Además, es más fácil ignorar una mentira que confrontar su contenido o su implicación; por lo tanto, las mentiras se dejan pasar, se acumulan. Muchas mentiras no cumplen su propósito de defraudar; no obstante, no dejan de ser mentiras y de teñir el ambiente, acumulándose. Al haber mentiras por todo lado, la connivencia social con estas es extendida. Esa connivencia puede ser intencional, como puede haberse desarrollado de manera gradual, sin un proceso consciente (Barnes, A Pack of Lies, 1994).

En la medida en que no nos preocupamos por lo que es verdad o mentira, hay muchas verdades que pasan a existir como mentiras y muchas mentiras que existen como verdades. En medio de la confusión, la verdad y la mentira polarizan a gran parte de la sociedad, no porque haya un compromiso ético con la verdad, sino porque los distintos “creyentes verdaderos” se alinean detrás de sus credos y sus ídolos, como fanáticos – matriculados y fieles seguidores de todo y de nada, que repiten, desde su extremo, verdades y mentiras, como si nada.

El panorama no es alentador. Si bien hay un designio social de actuar de manera informada y con base en verdades, en la práctica, se navega entre la defraudación y la decepción, ignorando o queriendo ignorar qué tanta mentira acompaña las razones. Una triste tendencia del ejercicio colectivo actual es que los grupos se mueven por creencia ciega, alimentada por fanatismos, fetichismos y clichés.

Resulta cada día más evidente que la censura a la mentira y los mentirosos es superficial y que, en la práctica, los grupos aceptan como parte de las reglas del juego que la mentira sea utilizada para conseguir los fines. Es una burda expresión del “fin justifica los medios”. Así, la mentira trasciende la órbita personal y se instala como fenómeno social que cohesiona y construye identidad.

En una sociedad polarizada como la colombiana, la mentira se erige como instrumento predilecto para conseguir adeptos. La distorsión y la exageración mueven a las masas.

Sumergidos durante décadas en regímenes de mentira, estamos inmersos en un mundo orwelliano, con credos absurdos y sin sustento, en donde “la mentira del padre se convierte en la convicción del hijo” (Nietzsche, The Antichrist, 1923.) Entre las nuevas generaciones, la mentira puede experimentarse plenamente, sin preguntas, como parte de la realidad. Viven sumidas en un engaño extendido que ha obliterado la verdad.

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