Estación Antes de que empiece o después de haber empezado, idea que tomo de la poeta colombiana María Clemencia Sánchez Hernández, autora, entre muchos poemas, de Paraíso Precario y El velorio del amanuense. Y en este antes o después. Donde todo pareciera ser “un recuerdo venido a menos”, la gente hace fila delante de futuros inciertos, palabras trucadas, eufemismos que lo mismo dan más que menos, modelos maquillados, contradicciones políticas, pequeños poemas que se van desvaneciendo y un buen cúmulo de promesas marchitas, quizá debidas al calor o los aguaceros imprevistos que no vienen de afuera, sino que se revuelven en los adentros de quienes tienen el poder y un amanuense que tacha y reescribe, reelabora y se confunde.
Precario es lo que no es estable y dura poco por falta de recursos o carencia de bases o, lo que es peor, porque se apoya en un deseo, una ilusión o una mentira. Y para lo que nos pasa, en estos climas inciertos y de aires enrarecidos, la precariedad se nos muestra como constante y... bueno, nos movemos como bolos, nos inflamos como pompas de jabón y al final, como esa pelota que nos pasa zumbando la oreja, nos parece que pasó algo que al fin no pasa, lo que incita a moverse poco, revisar cuentas y aprovechar lo que todavía dura, que quizá no sea mucho, pero al menos se mantiene en el Estado de derecho. Estado de derecho que parece tan voluble como los estados de la materia, que de sólidos pasan a líquidos y de ahí a un punto X de evaporación. Y ya lo que sigue es una imagen del doctor Mabuse, gran jugador de trampas, que tan bien nos define en lo que pensamos y hacemos, si la corrida da para algo.
Mientras nos llega el fracking (nacido de conceptos ambientalistas precarios), la difusa economía naranja (aparecida de ilusiones precarias), la desaparición paulatina de la clase media (lo que socialmente es una tragedia) y la precariedad de la ambición (se quiere dinero, que es lo que más rápido se devalúa y lo que más tiempo quita), solo nos queda un Paraíso precario, el de María Clemencia Sánchez Hernández, donde todavía hay rastros de frescura, un pequeño árbol, un frágil pétalo que da un nombre. Quizá de ahí nos peguemos, como decía el rabino: basta una mínima decencia para no caer.
Acotación: para como estamos, amontonados, produciendo contaminación, haciendo ruido, amontonando basura y viendo el futuro en un semáforo que funciona más en rojo que en verde, la defensa de los paraísos precarios (lo que nos queda de la ética, la moral y la belleza) es una tarea que cumplir. Quizá nos lleguen días egipcios, pero al menos que la dignidad no se pierda, la poca que queda. Y que en esa dignidad una flor sea una flor, otro país.