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José Guillermo Ángel
Columnista

José Guillermo Ángel

Publicado el 29 de enero de 2022

Sobre polarizaciones

Estación Extremos, a la que llegan machistas pistoletudos, misóginos alterados, homofóbicos que esconden algo, obsesivos paranoicos, gente de un solo libro, prepotentes y egocéntricos, narcisos con espejos en los zapatos y las palmas de las manos, expertos en coaching y pensamiento ilimitado, espiritualistas con revelaciones cotidianas, exfumadores por susto, gente que hace dieta, fanáticos nerviosos, eruditos especializados en un solo tema, conversos delirantes, aprendices de ocultismo, buscadores de equivocaciones, hinchas fanatizados, locutores deportivos que se las dan de analistas políticos, manipuladores de cualquier sustantivo-adjetivo agregado a la palabra neurona, críticos de arte (los que cobran comisiones por la venta), enamorados de un escritor o cantante, recién salidos de lo que creen un milagro, negadores de la realidad, etc. Filas de gente opuesta y negada a cualquier verdad del opositor por mínima que sea; que miente con rabia, se altera y señala.

Es evidente que la realidad se entiende por los opuestos (largo-corto, caliente-frio, oscuro-claro, alto-bajo, débil-fuerte, etc.), pero quedarse en uno de ellos ya es perder la noción de lo real. Si la virtud se opone al vicio, como expone Aristóteles y lo sigue Maquiavelo, quedarse solo en la virtud no es virtuoso (pues no entenderá qué son los vicios y por qué huye de ellos), ni el vicio solo logra entenderse por sí mismo, sino enfrentado a la virtud que está dañando. Sin la alteridad, el reconocimiento, la confrontación y el encuentro, solo es posible la confusión. Pasa como con los que ofrecen felicidad, que uno les pregunta: si la felicidad me abstrae de todo lo doloroso convirtiéndome en un protozoo, ¿para qué me ofrece ser feliz, si no me daré cuenta de que estoy vivo? Los opuestos, cuando se unen (el justo medio), me sitúan en el mundo, me permiten debatir y lograr una decisión conjunta.

Cuando un país se polariza (y ya los hay muchos), ya no es un país, sino un miasma que expele los peores olores, un fango en el que todo se hunde, palabras que difaman como si viviéramos una distopía y una moral que todo lo permite, pues ya no hay construcción, sino saqueo; no hay verdad, sino mentira. Y en estos enfrentamientos (debido a la mala educación y a las brechas sociales y a los intereses particulares sobre los comunes), todo lo peor es posible, pues frente a los que se imponen (por lo común a la brava o usando trampas) quedan los mal vencidos, horadando todo lo que puedan, y los vencedores, defendiéndose (Maquiavelo decía que no se puede gobernar con un puñal en la mano). En la polarización, nadie es humano.

Acotación: Dos que piensan lo mismo no se aportan nada discutendo y, por lo tanto, uno de los dos sobra, decía Baruj Spinoza. De aquí la necesidad del diferente, que aporta y cuestiona, que permite el diálogo y admite llegar a un acuerdo. Esto es construir 

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