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José Guillermo Ángel
Columnista

José Guillermo Ángel

Publicado el 03 de agosto de 2019

SOBRE TANTA ESPERA

Estación Ya Casi, a la que llegan los esperantes (clasificación posible para la gente que hace fila) a leer avisos donde dice Pronto, Quizá, Es Posible, De un Momento a Otro, Tal Vez, Pídale a D’s, Espere el Milagro, Pase algo por Debajo etc. Y en esta espera en la que algunos se momifican, cambian de forma y manera de pensar, cuando no es que mutan en seres extraños, la ciudad se mueve lenta, la burocracia aumenta y la paciencia cobra tintes de venganza, los avisos se oxidan y lo que no se ha hecho, pero está empezado, se convierte en parte del paisaje, de las caras, de la manera de caminar y, debido a la dureza que hoy acreditan las carnes, hasta de morder, tragar y hacer la digestión. Y váyase a saber si tanta esperadera (sustantivo verbal, que en calidad de presente es esperando) es consecuencia del estreñimiento, la cortedad de ideas y los proyectos políticos, que más que acciones parecieran seres flotantes, como las anémonas, o tiradas de cartas para encontrar algún camino.

Medellín (y por extensión América Latina) es una ciudad de esperantes y acciones desesperantes. Basta salir temprano para ver las colas de gente que hace fila para que le hagan un examen que luego producirá otros y estos a su vez conducirán a una especie de caos de firmas, sellos, esperas telefónicas y certificados. Y esto es solo un ejemplo, porque pasa lo mismo, no ya con exámenes sino con papeles y papeleos (no sé para que han servido las Tics), o con arreglos en las vías que, buscando una solución, crean problemas marginales en el tráfico y las direcciones, a más de la lentitud que acreditan los arreglos. Diría que somos tan innovadores que hemos creado una ingeniería en cámara lenta y unos arreglos u obras al estilo caracol-tortuga-babosa, lo que no deja de ser interesante para hacer guiones de películas existencialistas, surrealistas o de intensidad variable. Somos lo que somos, a paso de cangrejo.

Pero no solo se espera entre filas o trancones, también en las decisiones políticas (que contienen jugadas), la poca fuerza para empujarlas, evitarlas o retrasarlas, y que en ocasiones (las más) son cubiertas por fake news o partidos de fútbol, por cualquier escándalo grotesco o por la pesca de culpas viejas (somos un país de fantasmas) que nada tienen que ver con el asunto. Y así, sin saber qué pasa a ciencia cierta, llenos de palabras que cubren otras o de eufemismos insultantes, todo se anuncia, comienza y se atrasa e incluso se inaugura para después tener que hacer reparaciones. Somos lentos, relentos y contentos. Pasa.

Acotación: la lentitud, que sería una virtud para hacer bien las cosas paso a paso, no existe entre nosotros. Existen las esperas, el tiempo perdido, lo perdido y no encontrado. Y ahí vamos, sin ir, sin llegar.

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