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José Guillermo Ángel
Columnista

José Guillermo Ángel

Publicado el 14 de mayo de 2022

Sobre tiempos en destiempo

Estación Movimiento Retrógado, concepto descrito por Johannes Kepler cuando revisaba el movimiento de Marte, que a más de moverse en elipse (como los demás planetas), se toma sus descansos para voltear a mirar por dónde viene, echando para atrás (en un carro es descolgarse y volver a poner primera) y no se sabe si volverá a tomar impulso. Sea lo que sea, a la estación llegan los que desempolvan leyes de otros tiempos, los asustados por algo que los sigue, los que tratan de borrar memoria como si la conciencia fuera una USB, los expertos en ley de incertidumbre (si sabemos dónde estamos, no sabemos de dónde venimos; y si sabemos de dónde venimos, no sabemos a dónde vamos), los atópicos (sin lugar), los hermeneutas que buscan en frases o palabras otros contenidos (así sean los contrarios) y los espiritualistas que tratan de salirse de la situación a punta de meterse dentro de sí mismos. Y en este punto, en el que la fila avanza y retrocede, lo que se viene parece que no va a venir, lo que debe desestabilizar brújulas, radares, prospectivas, intereses políticos y pedidos de milagros.

Es evidente que vivimos tiempos surreales, en los que los absurdos llegan como pájaros asustados y todo se presume, más a partir de emociones y prejuicios que de análisis serios que permitan razonar, situar las cosas en su punto (tiempo y lugar) y estado de relación con otras para ver si las afecta o robustece. Supongo que todo se debe a la celeridad y anarquía de la información, del afán de celebridad de algunos que gritan más que hablan, de los señores de la propaganda (que se parecen a los de la guerra) creando enemigos, sin que falte gente de mala leche que simplemente inventa para hacerle catarsis a sus monstruos personales. Lo que sí es claro es que el exceso de información genera desazón, imposibilidad de análisis y, al final, locura común, que es cuando todos creen sin que ninguno sepa.

Pestes, hambrunas, guerras, tres plurales que hacen que el tiempo no corra, sino que se detenga y desordene. Y en este no correr (a pesar de que todos corren y los punteros no dejan de dar vueltas), perdemos humanidad, ganamos codicia, crecemos en egoísmos y nos hacemos esquizofrénicos para tener compañía. Y así, el tiempo deja de ser un espacio para avanzar, crear y construir y todo se convierte en un saltar, como las longanizas que Tomás Carrasquilla veía freírse en la sartén de su mamá y que hoy estarían en aceite requemado de hiperinformación fragmentada y compulsiva.

Acotación: Benjamín Franklin decía que el tiempo valía oro. Pero hoy el tiempo se desvanece y entramos en los destiempos y en ver que las horas corren afectadas por todo tipo de imprevistos, la mayoría importados para que exista la globalización sobresalto tras sobresalto 

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