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José Guillermo Ángel
Columnista

José Guillermo Ángel

Publicado el 04 de enero de 2020

SOBRE YOISMOS ALTERADOS

Estación Ego (palabra que transliterada sería Geo, tierra) a la que llegan los que se creen dueños de todo lo vivible, tienen la razón siempre y más, y se sienten con más de dos metros de altura, lo que permitiría ver por encima, pero una altura así ya es acromegalia, posibilidades de ser basquetbolista (a veces) u hombre cañón para ser lucido en un circo. Y así, a Ego llegan también los de Yo inflado, los que tienen cortes serviles o simplemente se miran al espejo y se autohipnotizan; los que ejercen la soberbia y se sacuden cualquier rastro de inteligencia práctica; los que creen que lo que saben es suficiente y lo demás no vale, lo que implica una buena defensa contra la ignorancia o, en términos psicoanalíticos, un miedo intenso a que no les descubran sus complejos, pues un yo subido lo que contiene es bajadas, cuando no clavos y alambres que se están zafando.

De gente con el ego alterado estamos llenos. Los hay que se creen superiores con un vehículo, un equipo de sonido y un par de tenis de marca, un lugar de vivienda (cada vez más verticalizado) y hasta con un perro bravo, de esos de múltiples razas en una figura de monstruo. Y se crece el yoísmo con la condición social (siempre fluctuante), los viajes guiados (turismo activo) y el empleo (en peligro de robot), sin que falten los crecidos por un título (lo que sea con tal de estar sellado), un saber de tablero o la posesión de una computadora que debido al disco duro admite cuatro mil videos, siete mil canciones, diez juegos electrónicos y un sinfín de carpetas donde acumulan lo que ya ni saben lo que significa. Pero el Yo es el Yo y se sube como cerveza si no se vive la realidad.

Ayn Rand, la escritora norteamericana de origen ruso, atea por cuestión de libertad (decía ella) y defensora del egoísmo como razón individual y origen del capitalismo, vendió muchos libros, pero pocos entendieron su filosofía: ser en mí para poder aprender del otro y estar en relación. Y como no fue entendida, se tomó su teoría sobre el egoísmo como ser en mí sin respetar al otro, abasteciéndome a mí mismo e irrespetando cualquier otra libertad que no fuera la mía. Y bueno, como un virus, este último concepto, ayudado de cursos de crecimiento personal, se ha ido tomando el ambiente. Creando, obvio, un mal ambiente, pues un yo alterado no es un logro sino una decadencia. Decadencia que se luce.

Acotación: Freud decía que el hombre solo no existe; y Spinoza: no hay nada más útil a un hombre que otro hombre, no para usarlo sino para entenderlo y aprenderle. Pero en estos calores de Egos enardecidos, no se aprende, sino que se desaprende, muy apasionadamente y borrachos de sí.

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