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Juan José García Posada
Columnista

Juan José García Posada

Publicado el 08 de agosto de 2022

Son colegas, no simples chicos

Discuerdo de no pocos ilustres y sabios profesores que tratan a los alumnos, hombres ya hechos y derechos, como simples chicos. Es una denominación despectiva, que incide en la reducción de la categoría y el prestigio de las actividades docente y discente, porque las confunden con tareas recreativas que afectan la respetabilidad de las corporaciones universitarias y fomentan el facilismo, en contra de tradiciones y principios que llevan implícito un grado razonable de dificultad y exigencia en la aventura del saber profesional.

He leído quejas muy justificadas de profesores veteranos que hasta se alegran por haber alcanzado el escalón del retiro por antigüedad, valga decir, la plenitud del título muy venido a menos de emérito. Esas preocupaciones forman parte del malestar imperante en el estamento docente por el descrédito de las universidades y los docentes y, más todavía, por el retroceso y el descenso de esta profesión en la valoración social. Llegar a la cima de los méritos y la experiencia, adquirir con esfuerzo y ejecutoria la titularidad ha dejado de ser un factor de prestigio y respetabilidad. El sentimiento de frustración no es exclusivo de nuestro país en estos días en que se aproxima un debate utilísimo sobre lo que se necesita cambiar en el campo educativo. Incluso el malestar se acentúa en Europa, en particular en España, como secuela del muy controvertido acuerdo de Bolonia.

El simple episodio administrativo de la jubilación ocasiona de modo automático la eliminación del rango adquirido en algunos estatutos docentes, porque al pasar a la docencia de cátedra se compite en igualdad de condiciones con los recién llegados, que merecen respeto, claro, pero deberían esperar y acumular tiempo de servicio y acreditación comprobable mediante tantas evaluaciones como las que abundan en la vida universitaria. Este es otro motivo de descontento: El profesor de hoy está sujeto a tantos controles, a tantas calificaciones, a tantos evaluadores, sean pares o no, a tantas evaluaciones cargadas de apasionamiento y ánimo revanchista, que el estrés y la inseguridad son resultados inevitables de una actividad profesional subestimada, a pesar de la defensa retórica y zalamera que la bendice y alaba.

A propósito de varios artículos escritos por columnistas y docentes de trayectoria, digo que la docencia debe no sólo reinventarse, sino revalorizarse en forma integral. La supervivencia de esta profesión puede estar en entredicho, pero hay que resistir para que no desaparezca, entre otras causas por la robotización del mundo laboral también en las aulas. El profesor no tiene por qué ser complaciente con las tendencias que lo degradan y descalifican. No tiene por qué limitarse a ser un indulgente repartidor de notas o un agradable recreacionista en una suerte de guardería de adolescentes y nuevos ciudadanos. Debe contribuir a la formación de colegas y compañeros de causa, en la ciudadanía, en la profesión respectiva y en la construcción de una sociedad superior. Nada de chicos, así se haya vuelto costumbre tratarlos como párvulos 

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