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David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 11 de junio de 2019

Son cuatro millones

Entre las muchas barbaridades cometidas por el gobierno de Nicolás Maduro se destaca la manipulación de las cifras estatales. En Venezuela no se conoce un dato exacto de nada. Ni de la inflación, ni del desempleo, ni de los muertos por violencia en las calles o por la falta de recursos en los hospitales. Mucho menos se sabe cuánta gente ha salido a sobrevivir en los países vecinos. Miraflores desmiente cualquier cosa que se dice. Se hace el bufón diciendo que los que se van son los ricos. Una canallada más que a esta altura no extraña.

Son los números, al fin y al cabo, los que le ponen dimensión a la tragedia. Por eso resulta apabullante la cifra que el pasado viernes dio la ONU: desde finales del 2015 cuatro millones de venezolanos han huido de la crisis social, económica y política que desbarrancó a su país. Sin atenuantes, Naciones Unidas coincide en etiquetar a esta catástrofe como una de las mayores emergencias mundiales en materia de desplazamiento. Y eso tan solo en los últimos dos años y medio.

Los países fronterizos, con Colombia a la cabeza, han recibido la urgencia. Más de un millón 300 mil migrantes han llegado a estas tierras, a Perú casi 800 mil, a Chile y a Ecuador cerca de 300 mil, y a Argentina y a Brasil un número un poco menor. En general -aunque no faltan los descorazonados y atorrantes y racistas y xenófobos- América Latina les ha dado buen recibo.

Al desgobierno chavista hay que sumarle la torpeza de una oposición atomizada, la bravuconería de Trump y la indeterminación de un puñado de países que pretenden ser garantes de unos diálogos en los que pocos confían. Todo influye para que la cifra de migrantes suba exponencialmente cada mes porque el fin del desastre se aleja justo cuando parece estar cerca. Mientras tanto el chavismo disfruta de la falta de certezas sobre casi cualquier cosa.

Porque en este punto quizá solo de algo estamos seguros: la sangre venezolana diseminada por el continente nos ha cambiado para siempre. Y para bien. No seremos nunca más lo que éramos hace una década, transformados por ese acento y esa cultura. Por una forma diferente de ver las cosas que siempre cae bien cuando, por torpeza, nos hemos regocijado con una única manera de entender al mundo.

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