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Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 19 de abril de 2022

Sordidez

Por definición, la sordidez habla de manchas, suciedad, indecencia. Ese significado se le pueda atribuir a quienes tienen comportamientos oscuros, que derivan en actuaciones peligrosísimas.

Gustavo Petro es un personaje que navega en ese mundo de la sordidez. Su trasegar enredador, retórico y hasta mesiánico, tiene un aura sórdida que se proyecta con fuerza en su desbocado apetito de poder y sus intenciones populistas con fines electorales.

Nacionalizar las pensiones, sórdido; emitir billetes a diestra y siniestra, sórdido. El eufemismo de “expropiar” detrás del concepto amañado de “democratizar”, sórdido, y hasta lo utópico, como ese tren elevado desde Buenaventura hasta Barranquilla que propuso, muestra su sordidez.

Pero la tapa del cóngolo llegó con el llamado “perdón social”, una propuesta con un nivel de cálculo electoral quirúrgico y que representa quizás el mayor estadio de sordidez que se le ha conocido y solo se equipara al video donde se le ve contando fajos de billetes.

Seamos justos. El perdón social puede ser un acto loable. De hecho, hay momentos en los que se puede brindar, pero siempre en condiciones particulares, mediadas por el sentido humanitario de quien lo propone y a quienes beneficia. Eso es lo que pasa en un jubileo papal. Pero de la misericordia del papa a las intenciones del petrismo hay un trecho eterno.

Ese “perdón social” dirigido a políticos corruptos es la sordidez plena del pensamiento petrista. Está hecho como una moneda de cambio electoral para borrar los profundos daños que estos tipos dejaron en la sociedad, para olvidar que llevan una vida entera dilatando la verdad de fondo, ocultando a cómplices, negando responsabilidades, evadiendo la obligación de reparar sus actos. En otras palabras, que se imponga la lógica del actuar mañoso, que tanto les gusta a algunos, en este país.

Limpio tu nombre, tú me apoyas y, después, cuadramos. Simple. Con el agravante de que se sienta una jurisprudencia de facto: todo aquel con impronta del corrupto será susceptible de beneficiarse con componendas de este tipo.

Petro salió a explicar el asunto con sus complejas formas de expresión. Metió al filósofo francés Jacques Derrida, insinuó que ser corrupto es menos grave que ser paramilitar o narcotraficante, dijo que su hermano no era del Pacto Histórico —y el hombre, literalmente, con la camisa puesta—, que la propuesta fue de los mismos presos, que esto hace parte de un pensamiento superior global, en fin. En resumen, como dicen por ahí, no explique tanto que se enreda. Sin justificación.

El mayor problema de Colombia es la corrupción y la solución a este flagelo está en combatirlo. El país se rehúsa a perdonar a los Moreno, los gordos García, los Ñoño, los Tapia. Por eso, no es admisible un perdón social, y menos cuando hay votos gravitando. La sordidez con la que el petrismo habla del tema invita a cuestionar sus intenciones y a desconfiar de los intereses de quienes impulsan absurdos de este tipo  .

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