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David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 17 de septiembre de 2019

Tantos muertos después

Decenas de miles de muertos después, la guerra de Afganistán sigue ahí, detenida, profundizada, caótica, sin esperanza de un cierre coherente para tanta sangre y tanta desgracia. Lo que pretendía ser el ataque quirúrgico de venganza tras el 11 de septiembre terminó por dar forma al conflicto bélico más extenso en la historia de Estados Unidos con 32 mil civiles asesinados y un Estado fallido.

Casi dos décadas después de la orden de George W. Bush, Afganistán es el cúmulo de todas las desgracias posibles. Es un país ingobernable -hoy más que en 2001- sumido en la pobreza y en el descontrol por la pugna de diferentes grupos políticos y milicias, incapaz de construir las estructuras básicas de una democracia e inundado en amapola. Es la muestra de una invasión militar que confió su triunfo en un flujo imparable de billones de dólares en armamento.

Bush anunció un fin rápido que nunca sucedió. Obama intentó una salida de su ejército que terminó a medias. Trump, si es que algo se le puede creer, adelantaba unas negociaciones de paz con los talibanes que ahora parecen truncas y que, en últimas, le costaron la salida al consejero de seguridad nacional John Bolton. Todos se han revelado como esfuerzos en vano. Los timonazos diplomáticos de cinco periodos presidenciales, republicanos y demócratas, son los responsables de un atolladero que prendió, aún más, a Oriente y que desestabilizó al vecindario y a Europa.

¿Y qué más se puede hacer?, preguntan en Washington, si Afganistán es una sociedad ingobernable desde mucho antes. Desde la Guerra Fría. Desde la década de 1970 cuando EE. UU. decidió que, en el tablero contra la URSS, esa ficha debería ser suya, dando inicio a un desmadre que desde entonces no ha parado de teñir esa tierra de sangre.

La Casa Blanca pide calma. Dicen que están cerca de encontrar la clave para terminar lo que nunca debió comenzar. El presidente opina, en su infinita sabiduría, que hay que acercarse a los líderes talibanes y ofrecerles algún tipo de pacto. Una negociación que pueda proponerles, incluso, un gobierno del cual ellos hagan parte. Es el último chiste desgraciado: para concluir la peor guerra del siglo XXI la idea es retornar parte del poder al grupo enemigo por el que todo inició. Premiar a los que, en principio, se pretendía derrotar.

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