Los niños han sido víctimas de las más crueles violencias en la historia de la humanidad. La guerra ha abusado de su ingenuidad; las religiones han ofrecido su fragilidad al dios de turno. Y las más aberrantes conductas sociales han justificado el maltrato familiar, la explotación laboral, la prostitución y pornografía infantil, entre muchas otras prácticas terribles.
Colombia, por ejemplo, se ha convertido en un fácil destino turístico para pedófilos que rondan internet. El domingo pasado, el programa de televisión Séptimo Día reveló un caso espeluznante de una madre que tenía sexo con dos de sus pequeños hijos, ambos menores de 5 años, mientras europeos y norteamericanos eran consumidores de sus videos a través de la web.
Los niños en situación de desplazamiento, de guerra, de reclutamiento, sufren el aislamiento por la propia sociedad, la baja escolaridad y huellas imborrables en su identidad. Se dice que en Colombia hay 13 mil niños combatientes incorporados por las Farc, el ELN, las Bacrim y delincuentes comunes.
Mientras estuve secuestrado por las Farc, me inquietó ver a muchas niñas menores de 16 años que habían ingresado voluntariamente a las filas armadas, pues huían del maltrato de su padrastro. En muchos casos eran violadas por estos, como me lo contó una comandante guerrillera. Sus madres, abandonadas por el Estado en apartadas regiones, no encontraban otra justicia que la de los grupos por fuera de la ley. A las pequeñas niñas que llegaban les ponían un camuflado y botas, y las dotaban con un fusil AK 47. Con arma en mano recuperaban su identidad y luego regresaban a su tierra para ejercer venganza.
El caso de los cuatro niños recientemente asesinados en Florencia, Caquetá, conmovió al país pero será otra conmoción momentánea. No es nueva: en 60 años de conflicto dos millones de niños han sido víctimas de masacres y desplazamiento forzado, según lo ha revelado el Centro Nacional de Memoria Histórica.
Es terrible: el infanticidio ha sido practicado desde los cazadores nómadas hasta las familias más decorosamente educadas. El cristianismo, por ejemplo, lo usó como método anticonceptivo y siglos después esta práctica se camufló en la “altruista” adopción de ricos o de conventos religiosos, que en realidad adoptaban esclavos.
Las mujeres romanas, también, tiraban a los niños recién nacidos al río Tíber, mientras que en Rusia los arrojaban a los puercos. Y un pueblo mongol, hasta el siglo pasado, asesinaba a los gemelos por mandato divino. En Japón la palabra del habla común que se empleaba por infanticidio solía ser “mabiki”, que significa cortar las plantas de un jardín tupido; allí el método típico era asfixiar con papel mojado al bebé cubriendo su boca y nariz.
En diciembre pasado se cumplieron 25 años desde que la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Convención sobre los Derechos del Niño. ¿Qué ha pasado en este cuarto de siglo con nuestros pequeños? Posiblemente grandes avances en la reivindicación de sus derechos, pero, lo ha dicho la misma Unicef, “hay demasiados niños que aún hacen frente al futuro sin que se hayan resuelto sus necesidades o materializado sus derechos, y con todo su potencial frustrado”. Solucionar eso no depende de ellos, es tarea de nosotros, los adultos; de nosotros a los que los niños llaman “grandes”, pese a que no hemos alcanzado la grandeza para protegerlos, para no matarlos.