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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado

Toda vida es vocación

Por

p. hernando uribe c., ocd *

hernandouribe@une.net.co

Toda vida es vocación. Vocación, del latín vocare, es llamada a la vida. Yo no existía, comencé a existir. Alguien, el Creador, me dio y me está dando la vida.

Dios es amor, y por ser amor sale de sí mismo a crear. Todo cuanto existe es criatura de amor. Mi tarea consiste en cultivar mi relación de amor con mi Creador, pues Él me ama y por eso existo. Yo me dejo amar y a la vez lo amo. Somos amigos porque amor correspondido es amistad.

Vocación y oración son la misma cosa, porque orar es escuchar la voz de mi Creador, que me llama sin ruido de palabras a vivir mi vocación de criatura de amor. Cuanto más cultivo mi relación de amor con mi Creador, más vivo mi vocación. Del cultivo de esta relación de amor depende la calidad de mi vocación, la vida que voy viviendo.

Mi vocación acontece siempre porque mi Creador vive llamándome. Quien cultiva su sensibilidad sabe escuchar la llamada del Creador, y responder con el modo de vivir, es decir, con el modo de ser y de actuar, que debe ser de mejoramiento continuo.

En la Biblia son conmovedores los relatos de vocación, llamada divina que llena de luz y fortaleza la vida cotidiana. La vocación de Samuel, por ejemplo, es digna de toda admiración.

Estando “acostado en el santuario”, Dios lo llama: “Samuel, Samuel”. Este corre donde Elí, y le dice: “Aquí estoy porque me has llamado”. Elí le dice que se acueste de nuevo porque no lo ha llamado. Así ocurre por tres veces. Entonces Elí le dice que si vuelve a oír la llamada, responda: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Samuel descubre arrobado que es Dios el que lo llama. Descubrimiento fascinante, teniendo en cuenta que en ese tiempo “era rara la palabra de Dios, y no eran corrientes las visiones” (1 Sam 1, 3, 1).

Según Ortega y Gasset: Hay hombres que tienen la vocación de ser vulgo, de ser el médico cualquiera, el pintor cualquiera. Y hay hombres que tienen vocación egregia, que sienten el imperativo de ser mejor, de exigirse a sí mismos siempre más. Tienen la vocación de propio mejoramiento.

Alguien oraba así: “Señor, Tú no tienes necesidad de mí, pero ya que te dignas servirte de los hombres, ya que tan pocos se consagran a ti, tómame a tu servicio, no traspases a otro la gracia de mi vocación”.

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