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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 28 de noviembre de 2019

Todas las muertes importan

A mí no me duele una muerte, a mí me duelen todas las muertes, yo creo que todo aquel que muere asesinado merece un recuerdo especial, una forma de memoria, una justicia. Colombia, por años, ha sido un país que se aferra a ciertas causas, intensamente, y luego, oh sorpresa, las olvida tan fácil, llega una nueva, no sé si peor, ningún asesinato debería ser calificado de más o de menos; por eso Colombia se repite una y otra vez, una y otra vez.

Que murió Dilan Cruz por culpa de un integrante del Esmad, sí, y no ha sido el primero, ¿quién recuerda los otros que también han muerto desde que Andrés Pastrana creó este grupo especial de la Policía? Si mucho, los familiares que quedan con el drama, los que claman justicia, los que van con sus pobres carpetas de juez en juez porque los cambian, porque el sistema sabe muy bien cómo agotar a los que claman justicia como simples ciudadanos que se aferran a la ley, al dolor.

Las vigilias vividas últimamente para pedir justicia también se dispersarán y Colombia recuperará la “calma”, porque hay que seguir, porque hay que volver, en Colombia siempre hay que volver, volver a seguir sobreviviendo con los mismos dramas, con la desigualdad, con la injusticia, con los políticos que se hacen los sordos, con los que se esconden o con aquellos desgraciados que se aprovechan cuando los ánimos están enardecidos.

Si les dijera que recuerden al menos un nombre de los indígenas que asesinaron en el Cauca recientemente, o uno de los líderes sociales que han asesinado este año, estoy seguro de que muchos no sabrán ni siquiera la inicial.

Aquí lo constante es asesinan a “otro” y ese otro sin nombre no nos duele, por eso las causas buscan un nombre qué recordar, y el destino casi siempre se los otorga; pero no debería ser así, si en realidad supiéramos lo valioso que es Ser Humano, sabríamos lo sagrado que es la vida y no tendríamos que recurrir a las instancias de violencia a las cuales hemos llegado. Pero qué va, este país que asoma la cabeza, que algunos ven con tanto optimismo, es un país que se muerde la cola, que no llegará a ningún lado si no aprende de una buena vez qué es el respeto, la dignidad, el comprender al otro y sus inmensas diferencias. El miedo es no conocer al otro, al del lado, al vecino y, por ende, en tiempos así, nos sentimos vulnerables.

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