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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 09 de septiembre de 2020

Todavía los demás existen

Los fiesteros de siempre, los que tienen la casa en la calle, los amigueros que nunca han podido vivir sin corrillo. Esos se volcaron a la felicidad tan pronto se levantó la cuarentena escrupulosa. Muchos habían sido antes llevados al CAI por ‘indisciplinados’. Son mayoría, apuntalan a este país tronchado de sangres.

Hay otros que todavía se niegan a salir al aire, para proteger el aire de sus pulmones. Temen el contagio, se acuartelan sin necesidad de un patrullero que los encierre. Son minoría, son una parte de esa gelatina llamada clase media. Arrastran en su reparo a una porción de los pudientes, que en este caso no pueden.

Exhiben una disculpa: no es por mí, es por mis papás viejitos o por los niños que no saben escudarse contra la ponzoña. En el fondo tiemblan, siguen temblando después de medio año. El coronavirus los colonizó, no por maldad intrínseca de este, sino por el discurso de mandatarios, noticieros y rumores, que regaron pánico a cuatro vientos.

Ahora son sus vasallos. Como una hiedra, la peste trepó cada día un milímetro hasta ahogarles la categoría de seres sociales. Los amigos y conocidos terminaron apeñuscándose en pantallas gritonas, que al cabo de media hora de conexión titubeante exasperan incluso al Dalai Lama.

Ninguno percibió la corrosión incrustada. El caso es que en septiembre, cuando ya se puede salir, saludar, festejar reuniones familiares, los temerosos olvidaron que todavía existe la gente en calidad de calor humano. Los demás son más bien extensión de la peste, amenazas rodantes.

El confinamiento confinó. Hizo perder la habilidad del encuentro, ese tenue sentido del dar y recibir calor. Los tornillos y tuercas de la mente se aflojaron, como nunca antes le había ocurrido al género inteligente. En ese descarrío se echó a pique la facultad del anudamiento. Se ignora cómo acoger y ser acogido.

En los barrios del barro y la cerveza, en contraste, la misma subsistencia depende de la manada que es una aleación gozosa. Tal vez la alegría, en medio de la escasez, los salvó del virus. Por eso hoy sus habitantes podrían ser maestros del buen abrazo. Y aquellos olvidadizos de que todavía los demás existen deberían darse una pasada por esas esquinas calientes, para reenganchar con el tacto envolvente de la vida.

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