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Juan Gómez Martínez
Columnista

Juan Gómez Martínez

Publicado el 29 de agosto de 2019

Tragedia en el Brasil

El mundo entero se ha conmovido por la tragedia que sufre el Brasil por los incendios de la selva amazónica. Es una tragedia que afecta al mundo entero, todos debemos darnos cuenta de lo que puede ocurrirle a la humanidad por la pérdida de ese gran pulmón regulador del oxígeno del mundo. Los países amigos de la protección del medio ambiente han acudido para brindar su ayuda. Esto debe ser así y actuar cuando peligra esa gran extensión de selva virgen, pulmón del mundo.

Según información, son quinientas mil hectáreas de bosques nativos que se han perdido. Es una verdadera tragedia que nos tiene que conmover. Tragedia que no puede ignorarse por la humanidad y que obliga a que los países desarrollados presten su ayuda para la recuperación de esas selvas, pulmón del mundo.

Lo curioso y lo que tenemos que lamentar, es que no se produzca el mismo efecto, dolor y ayuda, cuando se trata de la destrucción de más hectáreas de la misma selva virgen para envenenar a los jóvenes del mundo con el cultivo de coca y producción de cocaína. Según he oído de expertos, para sembrar una hectárea de coca se tumban tres de selva. En Colombia, gracias a Juanpa -como le gusta que le digamos- y a las altas cortes que prohíben la fumigación con glifosato, hay más de doscientas mil hectáreas de cultivos ilícitos y, por ende, más de seiscientas mil de bosque tropical destruido. Tragedia más grande que la que lamentablemente se presenta en el Brasil, en cuanto a bosques destruidos y mucho más dañina si consideramos el daño que se le hace a la salud de la juventud del mundo.

Lo curioso, también, es que los amigos de no asperjar, prefieren el daño a la juventud antes que aplicar la solución que dio muestras de eficiencia durante el gobierno del, ese sí, verdadero presidente Uribe. Curioso también, que los países amigos no muestren la misma preocupación por un incendio que por la destrucción dañina de la selva para envenenar al mundo. Árbol destruido por el fuego, hace menos daño que árbol derribado para sembrar coca.

Nadie ha tenido el valor de contarnos cuántos muertos ha habido como efecto del glifosato y cuántos ha habido por la erradicación manual, con las minas antipersonal, con los cultivadores acechando para asesinar a los erradicadores, con los guerrilleros francotiradores para defender sus cultivos y, sobre todo, cuántos muertos por efectos de los drogados y por los efectos producidos a los mismos consumidores.

Muy malo lo de los incendios, pero peor lo que hacen los cultivadores de coca acabando con la selva tropical y mucho peor lo que hacen quienes se oponen a que esos cultivos sean asperjados para evitar que la juventud del mundo se envenene y se criminalice.

Lamentable lo del Brasil, más lamentable lo de Colombia y, mucho más, lo que pasa con nuestras altas cortes que no dejan asperjar con glifosato y que no permiten que nuestros heroicos soldados empleen sus armas para salvar a Colombia y al mundo de la destrucción como consecuencia de las drogas.

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