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Juan David Escobar Valencia
Columnista

Juan David Escobar Valencia

Publicado el 14 de febrero de 2022

Un borracho al volante del país

Dependiendo de la cantidad ingerida, algunos de los efectos del alcohol en el organismo pueden ser: aumento del ritmo cardíaco y frecuencia respiratoria, disminución de la actividad de diversas funciones cerebrales centrales, comportamiento incoherente al ejecutar tareas, disminución del discernimiento, atención y reflejos, pérdida de inhibiciones, deterioro de la coordinación y disminución de la fuerza muscular, reducción de la capacidad de tomar decisiones racionales, aumento de la ansiedad y la depresión, disminución de la paciencia, deterioro del equilibrio y del movimiento, detrimento de algunas funciones visuales, articulación confusa de las palabras y grave deterioro sensorial, incluida la disminución de la percepción de los estímulos externos.

Esto explica de sobra el porqué se prohíbe conducir vehículos a personas bajo los efectos del alcohol, porque un vehículo en movimiento, como lo aprendimos de Newton, es una masa acelerada que se convierte en una fuerza que tiene el poder de destruir lo que esté a su paso, a quienes estén en su camino, al mismo automóvil y a sus pasajeros, incluido el conductor, que, siendo sincero, es el que menos me importa porque el mundo no necesita borrachos.

Pero si lo que debe conducirse no es un automóvil, sino el gobierno de un país, que también es una masa acelerada, y se deja en manos de quien “cura” desde el jet lag hasta quién sabe qué más, con sustancias embriagantes y quién sabe qué más, se pone en peligro a millones de personas, pues un conductor ebrio, así su denominación oficial sea presidente, puede pasar por encima de la gente y de sus esfuerzos de décadas, puede destruir el patrimonio acumulado y el futuro de los individuos y de la comunidad y poner en riesgo al mismo vehículo gubernamental, que es el aparataje institucional que hemos construido con mucho esfuerzo.

Si el candidato del chavismo en Colombia estando sobrio asusta por la cantidad de idioteces y absurdos que dice, prometiendo cosas contraproducentes, inviables, ineficaces e impagables, como convertir a los mineros ilegales del carbón en propietarios de plantas solares de energía o acabar con la industria petrolera en Colombia, ¿se imaginan el peligro que representa si llega a la presidencia a tomar decisiones en estado de embriaguez cada vez que esté cansado o estresado por volar en primera clase y hospedarse en el Hotel Wellington de Madrid, como cualquier comunista con ánimo de lucro? ¿O será que necesitaba licor para aliviar el agotamiento que le dejó fingir ser un creyente delante del papa o tratar de “hablar” con la empresa que participa en el conteo de los votos en Colombia?

¿Vamos a permitir que el “conductor elegido” el 29 de mayo para manejar a Colombia sea un comunista multimillonario, ebrio de alcohol y soberbia, de cuya boca salen seiscientas mentiras por minuto, la misma capacidad de emisión de balas de un fusil AK-47, que era su herramienta de trabajo cuando hace unos años su oficio era secuestrar y robar? 

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