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David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 06 de octubre de 2020

Un circo favorable a Maduro

Hace menos de un mes, en estas mismas líneas, hablábamos de la desorganización de la oposición venezolana como factor decisivo para la permanencia del chavismo en el poder por más de dos décadas. Frente a las próximas elecciones legislativas -pactadas para inicios de diciembre- un sector abanderado por Henrique Capriles pidió participar masivamente en las urnas. Desde la misma vereda opositora a Maduro, pero con otra visión, el joven político Juan Guaidó, reconocido por medio mundo como un presidente que no es, insistió en la abstención porque, dice, no hay garantías. Guaidó criticó con fiereza a su antiguo aliado Capriles, al que le reprochó hacerle el juego a Miraflores. Ahora, tras algunas anotaciones evidentes de la Unión Europea sobre la dificultad para ejercer correctamente su papel de verificador, Capriles ha dado un nuevo bandazo: “Hay que aplazar las elecciones”, dijo, en una postura a medio camino entre ser parte del sistema o abandonarlo.

Como resulta claro a estas alturas de un trágico tire y afloje político, la payasada dejó de ser patrimonio exclusivo del chavismo. La incongruencia de esa mezcolanza amorfa que es la oposición sigue costándole al país vecino años de retraso, porque el autoritarismo de Maduro -con su espiral de crisis que lo destruye todo- encuentra un terreno fértil para vegetar largamente mientras los liderazgos que se le oponen se sacan los ojos.

Las volteretas de Henrique Capriles bien valen como diagnóstico. El mismo político que para inicios de la década representó la esperanza del antichavismo, que llegó a las presidenciales de octubre de 2012 como un hombre capaz de vencer a Chávez y, tras su muerte, estuvo a punto de derrotar a Maduro en las urnas, que denunció fraude y aglutinó tras él la lucha para superar al Socialismo del Siglo XXI; hoy es visto por buena parte del espectro opositor como un traidor. Un peón útil al Partido Socialista Unido de Venezuela.

Desde la esquina que se arropa la verdad opositora se ven los rostros de un alicaído Guaidó y, de tanto en tanto, el discurso recalcitrante de María Corina Machado. Pero no hay nada firme. No existe una alternativa unificada que vaya más allá de los celos y los reproches. Del lado oficial Nicolás Maduro ve la pelea de perros y sonríe. La aplanadora sigue su curso.

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