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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 09 de enero de 2020

Un lugar para pensar

Un buen sitio para vivir es aquel que nos permite pensar, sentirnos cómodos con las ideas que asoman la cabeza mientras se toma tinto por la ventana y de fondo es un silencio o un diálogo imaginado de los vecinos, esos que mueven los labios con amor o sacuden el espejo que usa la abuela para peinarse en cámara lenta.

Un buen lugar para vivir es aquel que nos permite pasear por los corredores solitarios como si fuéramos gatos que reconocen las texturas de los libros y las paredes, los enseres o los muebles que se cambian de sitio, el sofá donde es posible sentarse a ver ese cuadro que siempre resulta con algo nuevo. Desde que haya luz, nada es igual.

Hay lugares que asfixian, contraen, ahogan, matan, no permiten imaginar nada, enceguecen incluso el interior. Un buen lugar para vivir también es el entorno, el punto fijo que observamos para equilibrarnos, para lanzar las angustias, lo incierto. La montaña alta que uno sueña con recorrer algún día y seguir la senda de los nudos, imaginar cómo viven los que viven lejos de todo, la casita aquella sin nada alrededor.

Tener un lugar es una necesidad del hombre, y a veces ese lugar también está adentro, no necesariamente son unas paredes, aunque paredes siempre habrá, la piel que se habita y se siente y se cuida como si fuera la casita del caracol. Cuenta Kazantzakis que de joven tenía un canario y un globo terráqueo. Cuando soltaba el canario, se posaba en el globo y se ponía a cantar. Durante toda su vida, mientras recorría el mundo, sintió como si llevara sobre la mente un canario cantando. ¿Qué necesita uno para recorrer el mundo?, ¿qué es un mundo? Las necesidades y los miedos de cada ser humano.

Un día el hombre sale sin nada y regresa pleno, completo, lleno de experiencias y de vida. Pienso en el campo y en lo que necesitamos en él, aún no puedo con esas fincas que construyen hoy y cargan con la ciudad a cuestas: televisor, internet, equipo grande de sonido. El verde y los árboles, las montañas y los nidos apenas son un fondo de algo para un grupo de personas que cuando sienten el viento cierran las ventanas para no resfriarse, no reconocen las cosechas, no saben si hay nuevo camino trazado por las hormigas, desconocen la clase de flores del jardín y los caminos. Un buen sitio para vivir es aquel que nos permite pensar, el asunto es que algunos no quieren hacerlo, temen, prefieren no preguntarse nada, habitan un lugar donde sea imposible encontrarse con ellos mismos en silencio

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