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Juan David Escobar Valencia
Columnista

Juan David Escobar Valencia

Publicado el 19 de agosto de 2019

“Un país, dos sistemas”: ¿tres mentiras?

En sus memorias, la ministra Margaret Thatcher cuenta que durante la negociación para devolverle Hong Kong a China, su líder Den Xiaoping le dijo que: “los chinos podrían entrar y llevarse a Hong Kong hoy si quisieran”, a lo que la ministra respondió: “que de hecho podían hacerlo; no podía detenerlos. Pero esto provocaría el colapso de Hong Kong. El mundo entonces vería lo que siguió a un cambio del dominio británico al chino‘’. Igualmente, Zhao Ziyang, primer ministro chino en ese entonces, le indicó: “que había dos principios (en juego): la soberanía y la prosperidad y estabilidad de Hong Kong”, y que “si se tratara de elegir entre los dos, China pondría la soberanía por encima de la prosperidad y la estabilidad”.

Dirán que el gobierno chino solo intentaba mostrarse fuerte en la negociación, pero no tenían, ni tienen, intención de tomarse Hong Kong. “Puede” que todavía no sea práctico hacerlo porque la fase en que se encuentra el modelo chino requiere de la menor inestabilidad posible, tanto interna como externa, pero eso no significa que el interés de posesión absoluta haya desaparecido. Por eso las recientes protestas en Hong Kong sirven para palpar el estado de las prioridades chinas subyacentes y el deseo de libertad de los hongkoneses. Dichas protestas son indicios de las deficiencias del modelo chino y de los problemas que enfrentará no sabemos cuándo, pero cada vez más pronto. Para el partido comunista chino son mensajes de peligro porque no pueden asegurar que otras poblaciones chinas no decidan rebelarse también. Los chinos ya no “aman” al Partido porque crean en el comunismo, que los empobreció igualitariamente, o por sentimientos nacionalistas exclusivamente; lo “toleran” porque aspiran a salir por fin de la miseria. Así como Hong Kong no quiere verse arrastrado por una crisis china, los chinos no quieren regresar a la miseria bien distribuida de Mao.

Estas protestas ponen al gobierno chino en un dilema: si no hace nada, el ego del emperador Xi Jinping y su imagen de confiabilidad y control se afecta; y si decide hacer algo “contundente”, pues por algo están llenando de militares las instalaciones del Estadio de Hong Kong, sería una señal de que el modelo no avanzó nada desde la masacre de Tiananmen y borrará cualquier opción de que Taiwán quiera volverse china voluntariamente.

Puede que el modelo chino, un injerto exótico entre comunismo en lo político y capitalismo salvaje en lo económico que hasta ahora ha sacado a millones de la pobreza pero sin la garantía que podrá sostenerles esa condición ni acabar de rescatar a los millones de pobres del interior del país, necesite una entidad “híbrida” como Hong Kong, según la fórmula de “un país, dos sistemas”, pero suponer que los hongkoneses, que se sienten chinos pero no comunistas, se dejarán domesticar como sus hermanos continentales es tan iluso como creer que parte de los votantes argentinos tienen cerebro.

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