La rabia y la alegría también pueden ser vacuna contra el virus. Así lo muestran las sucesivas marchas contra la reforma tributaria. Millares de muchachos de todas las ciudades llenan con estruendo parques y avenidas, sin que se les note una pizca de miedo a contagiarse.
Cargan un tapaboca desmayado que pronto cae del todo para dar paso al grito, al canto, a la consigna adaptada a la ocasión. Los videos de las redes sociales donde cualquiera es testigo y comunicador, dejan ver que la suplicada distancia social de dos metros es un chiste inaplicable en el furor de la manifestación.
Se dirá que todavía no es tiempo para determinar si las curvas infectadas subirán a causa de este desmadre. Se criticará que es el colmo semejante aglomeración de entusiasmos en el peor momento del peor pico viral. Las autoridades estarán prendiendo velas a los santos para que no se les derrumbe el sistema de salud.
Pero hay algo incontrovertible: en estas jornadas de protesta colapsó estruendosamente el miedo a la enfermedad del murciélago. La gente desfiló, tocó tambores, bailó, entonó el “Duque chao, Duque chao, Duque chao”, se disfrazó, aplaudió a los viejitos que renqueaban con bastón y a las viejitas que aplaudían desde el balcón.
Esta fue la alegría de la gente. Y es sabido que la alegría desplaza al miedo y reconforta las defensas con las que por naturaleza crecemos. Este es el primer argumento a favor de las marchas como vacunas.
El segundo no es menor. El miedo a contagiarse se cambió por el miedo al Esmad, a la policía acorazada que tumba ojos y hunde el gatillo aprovechando que alguien los autorizó. Es más bien indignación esa sustancia que inunda los pechos e inflama las malas palabras de los marchantes acorralados, que en su mayoría son pacíficos en las calles.
Se dirá que el vandalismo es innegable, que no es reacción sino instigación. Que los agentes sin uniforme, infiltrados y sorprendidos in fraganti, serán sometidos a investigación disciplinaria. Pero hay algo notorio: el miedo clínico al coronavirus es paralizante, mientras que la sobreexcitación frente a una tropa entre gases es adrenalina, es reacción de lucha del sistema nervioso.
Así pues, los inconformes que atestan las calles, arropados en banderas de Colombia, tal vez están encontrando sin buscarlo un antídoto ritual de euforia y vibración contra una pandemia que aplasta a la nación y al globo