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Fernando Velásquez Velásquez
Columnista

Fernando Velásquez Velásquez

Publicado el 28 de febrero de 2021

UN SER MARAVILLOSO E IRREPETIBLE

A los noventa años y medio de existencia terrena, partió la hermana Misionera de Santa Teresita (comunidad fundada el once de abril de 1929 por monseñor Miguel Ángel Builes) Ana Cecilia Velásquez Ruiz; era un ser lleno de luz y dulzura que –durante cinco décadas– prodigó sus enseñanzas de español y religión entre comunidades pobres de Colombia, Chile y Ecuador. Nació en su amada Castrillón, la Finca de su padre (mi recordado abuelo paterno), y su niñez transcurrió en medio de montañas, maizales, vacas, pájaros y lebreles, en una hermosa casa campesina situada en las estribaciones de la Cordillera Central, en los linderos territoriales de los municipios de Santa Rosa de Osos y San José de la Montaña. De este último, donde fue bautizada y en cuya Normal María Inmaculada se formó, señaló que era el “pueblito de mi infancia...con tus calles empedradas...” al que “yo quisiera volverte a ver”; y de su añorada casa paterna, con ejemplar belleza y musicalidad, consignó en uno de sus libros: “En un valle de verde esmeralda, bajo un cielo de claro fulgor, las colinas y montes respaldan mi casita de luz y de amor”.

Como sus tres hermanas mayores, se dedicó a la vida religiosa, a la oración y al servicio de los demás; su único patrimonio fueron sus hábitos, sus libros y su muy profunda vida espiritual. Prodigó por doquier sencillez, sacrificio, sabiduría, humildad y tezón. Como tanta religiosa buena entregada a la contemplación y al sacrificio, amó profundamente a su terruño; de él expresó, desde sus entrañas y llena de nostalgia, en uno de sus más sentidos poemas: “Nuestra madre está herida. Lanza gritos de dolor, malos hijos con la vida le dan guerra y desamor”. Y en otro, desde Chile, decía: “Mis cantares que llevan las brisas, te envío con mis flores, mi amor y mi fe”; este texto aparece en su última obra –cuyos originales conservo– que, con gran mística, editó don Óscar Velásquez Tamayo en Editorial Grafoprint, con un bellísimo cuadro en la portada de su nieta María Manuela Márquez Velásquez, reputada pintora y escultora internacional, y que juntos lanzamos en el Convento Los Buissonets en Girardota a finales de 2017.

Desde luego, la tía Cecilia no fue un personaje de la vida nacional, de esos que aparecen todos los días llenos de pedantería en medios de comunicación y redes sociales, quienes se creen el centro del mundo y a gritos claman reconocimientos inmerecidos; ella fue un ser anónimo, silente y laborioso, lleno de infinita sabiduría y afecto, cuya tribuna fueron el lenguaje –que muy bien manejaba–, su apostolado y la oración. Sin embargo, como tantas de sus hermanas ignotas que hacen su tarea sin esperar nada a cambio, ella –solo con su vida espartana, como bello ejemplo para mostrar– le ha aportado más a esta sociedad y a la paz que muchos de esos personajes fugaces de la pantalla. Por eso, creía en el renacer de nuestra patria, en la concordia y la convivencia pacífica; en esta última que, como decía con gran claridad el recordado maestro y poeta Carlos Castro Saavedra –a quien tuve el privilegio de conocer en la Universidad de Antioquia– “es el camino lleno de pasos y de viajes hacia los horizontes que desbordan las aves”.

Feneció, pues, tras casi setenta años de servicios a su Comunidad, de forma calmosa –como siempre vivió– una mujer extraordinaria, que a su Jesús amado recitaba: “Pan sabroso quiero ser para todos mis hermanos, donde vaya quiero florecer sostenida por tus manos”; y a ella, como tributo a una ciudadana ejemplar que mucho aportó a su país y a los suyos, le doy mi más profundo adiós con el corazón estrujado pero inundado por su devoción y esperanza: “En el lirio de los valles, gotita fresca quiero yo ser, y por las selvas y las calles el amor de Cristo encender”

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