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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 19 de septiembre de 2019

Una ciudad sin libros

Hagamos un ejercicio. Imaginémonos por un instante, por un par de segundos, un mundo sin libros. Imaginémonos que estamos en casa, entramos al baño y al regresar al escritorio o a la cama, el libro que leíamos ya no está. En un instante pensaremos que lo dejamos en otro lugar, luego veremos que en los anaqueles, los muchos o pocos libros, también han desaparecido. Nuestra casa, nuestro espacio está desolado, sin rastro de historias, solo cristales, la mesita de centro en la sala, las sillas, la cama de siempre. Pero ningún libro. Angustiados ante la desolación, saldremos corriendo entonces a la librería más cercana, a la biblioteca del barrio del lado, pero donde había una librería habrá un pobre aviso que dice: Se arrienda, y donde estaba la biblioteca más cercana habrá apenas un centro comercial, repleto de lo que ya tanto tenemos.

Imaginémonos por un instante una vida sin libros y yo creo que tanto ustedes como yo sentiremos una angustia terrible. Si no existieran más los libros, tendríamos que inventárnoslos, habría un montón de hombres trabajando en esa invención maravillosa para hacernos otra vez tan felices.

¿Ustedes qué creen? ¿podrían vivir sin libros? Esta pregunta me la he hecho muchas veces y mi respuesta es clara. Yo no podría, cuando paso el día sin leer me siento extraño, como si se me acabara el oxígeno. Entonces debo sacar un libro, cual pipeta de esas que necesita alguien cuando va a escalar la cima más alta, y respiro profundo una frase, una página, dos, las que pueda, según la intensidad de las horas.

Los libros nos dan muchas ganas de vivir, por algo cuando los compramos, así ya tengamos suficientes en casa, lo hacemos porque siempre estamos creyendo que si tenemos esos libros pendientes por leer la muerte tendrá que esperarnos, sentada, seguramente leyendo. Los libros deben ser tan necesarios como el agua potable, como un hospital, como un puerto para mandar cartas de amor cuando caiga el ocaso. En la medida que empecemos a ver los libros, a quererlos, a llevarlos de paseo por ahí a donde el odontólogo, al banco, a donde la novia, los libros no podrán desaparecer. Los libros son pacientes e incluso cerrados son peligrosos, pilluelos. Porque los libros son expedicionarios, andariegos, y si un día se van de nuestras casas, si un día desaparecen sin avisar, es porque salieron en busca de historias, en busca de refuerzos para regresar con las páginas llenas de esas cosas que nos enamoran, nos hacen sentir humanos, nos cuestionan y nos dan las oportunidades necesarias para que en nuestro corazón volvamos a sentirnos vivos.

Si los libros no existieran, tendríamos que inventárnoslos para seguir creyendo en el poder irremediable de las historias.

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