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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 18 de marzo de 2022

Una lectora nada común

Hay libros sobre los que uno vuelve para que le levanten el ánimo, para que no se mueran todas las ilusiones, más en estos tiempos electorales, cuando a veces se manosea la palabra leer, pero no se habla de libros en los debates. Eso me pasa con Una lectora nada común, una novelita de Alan Bennett que recomiendo cada que puedo. ¡Qué historia más sabrosa! Bennett le da vida a Isabel II, una reina que, entrada en años, descubre el placer de la lectura por culpa de sus traviesos perros.

Como Su Majestad nunca antes había visto la biblioteca ambulante del municipio de Westminster, la camioneta grande aparcada delante de una de las puertas de la cocina del palacio, decide subir la escalerilla para disculparse por el escándalo de sus terribles perritos. Al enterarse de que esa camioneta va todos los miércoles, pues decide prestar un libro. La verdad lo hace más por ser cortés que por agrado. “Nunca le había interesado mucho la lectura. Leía, por supuesto, como todo el mundo, pero el gusto por los libros era algo que dejaba a los demás”. Ese día, la reina sale con un libro y su vida nunca más volverá a ser igual. La lectura empieza a darle tanto placer que ve en la incubación de un resfriado el pretexto para seguir leyendo en su cama.

La vida de la reina se llena de lecturas. Ya no hay nada más importante para ella que leer, “ojalá pudiera hacerlo todo el tiempo”, dice, pero ciertos compromisos banales, que antes disfrutaba, ahora le molestan porque le quitan tiempo. Rápidamente entiende que un libro lleva a otro. ¿Pero cómo no había descubierto lo delicioso que es leer? La reina acaba de comprender que a ella la “aleccionaron” y aleccionar no es leer. “De hecho, es la antítesis de la lectura. Aleccionar es sucinto, concreto y pertinente. Leer es desordenado, disperso y siempre incitante. El aleccionamiento cierra un tema, la lectura lo abre”.

A medida que pasan las páginas, uno se divierte tanto como la reina, uno encuentra una aliada que enciende la imaginación y sorprende cuando vemos que sus tácticas para entablar conversación han cambiado, han roto el protocolo. Ahora es feliz preguntándole a todo el que la visita: ¿Qué está leyendo en este momento? Obviamente, ministros y presidentes quedan sorprendidos porque estos personajillos casi nunca se imaginan que alguien como Su Majestad les pueda preguntar semejante cosa. Ellos, obviamente, han sido aleccionados, no leen.

La lectura incomoda, no es un “pasatiempo”, como muchos creen, empieza a descubrir la reina, esta reina que, entre más lee, más siente que se está convirtiendo en un ser humano; el problema, como ella dice, es que tal vez esa evolución no sea bien recibida. Una vez más recomiendo esta novela, tan pertinente en estos tiempos; después de todo, “no pones la vida en los libros. La encuentras en ellos” 

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